El día despunta con una luz pálida que se filtra entre las cortinas de lino. Francoise se desliza hacia la ducha como quien entra en un ritual privado. El agua tibia recorre su cuerpo con lentitud, y ella se permite cerrar los ojos, dejar que sus manos exploren sin prisa, como si redescubrieran un territorio olvidado. Un gemido suave escapa de sus labios, apenas un susurro que se disuelve en el vapor. Está sola, y la amplitud de la casa le concede ese lujo: el de no esconderse de sí misma. Al salir, se envuelve en una toalla blanca, la tela aún húmeda pegada a su piel. Camina descalza hasta la ventana abierta, donde el aire salado del mar entra como una caricia inesperada. Desde el segundo piso, la vista es casi sagrada: el ciprés se alza justo antes del acantilado, como un guardián silen

