Capítulo 5: Una noche llena de sorpresas

2614 Palabras
Declan Para ser mi cumpleaños, el día no estaba marchando como esperaba. Por la mañana había perdido uno de los partidos más importantes de la temporada y aunque anhelaba quedarme en casa, simplemente no podía. Laura, mi novia, había reservado una de las discotecas más exclusivas de Manchester e invitado a mis amigos más cercanos para celebrar mi cumpleaños. Para mí, una cena en casa con amigos habría sido suficiente, pero a mi novia le encantaban la fiesta, así que quién era yo para negarme. —¡Declan! ¡Apúrate! —gritó Laura desde el primer piso— ¡Vamos a llegar tarde! Por primera vez, en los cuatro años que llevábamos de novios yo era él que no estaba listo a tiempo. Mientras ella se arreglaba, pasé una hora observando la ropa colgada en el gran vestidor de nuestra habitación y no porque no supiera qué vestir sino porque no tenía ganas de arreglarme. A regañadientes, después de una pelea interna con mi flojera y mi pesimismo, me dirigí a la ducha e hice todo lo demás en automático. Aunque era mi cumpleaños y no un funeral decidí vestir de n***o. Unos jeans y una camisa de manga corta con los últimos dos botones abiertos dejando una parte de mi pecho al descubierto y la cadena de oro blanco que me regaló mi mejor amigo un par de cumpleaños atrás. Me acomodé los mechones de cabello que caían sobre mi frente y me perfumé con prisa antes de salir de la habitación. —Ya estoy listo —dije bajando las escaleras y ajustando mi reloj. Solté una maldición cuando la agujeta de mi teni se desabrochó. Si no hubiera perdido tiempo viendo a la nada no me estuviera terminando de alistar mientras caminaba. —¡A dónde tan guapo! —exclamó, Laura haciendo énfasis y alargando la última palabra. Con gran sonrisa la tomé por la cintura y le di un rápido beso en los labios. —Tendré que cuidarte de los mirones —confesé tomando su mando y dándole una vuelta rápida para observarla de arriba abajo— Te ves hermosa. Estaba sorprendido. No recordaba cuando había sido la última vez que había visto a Laura en un vestido tan ajustado al cuerpo. En realidad, eran pocas las ocasiones en que vestía vestidos porque la hacían sentir insegura. Siempre decía que la hacían ver gorda, que su cuerpo no era para ese tipo de prendas y que era molesto tener que bajarlo cada dos segundos porque se subía gracias a sus voluminosas piernas. Para mí era absurdo porque se veía hermosa en cualquier prenda aun así fuera una sudadera holgada o un pantalón ajustado. Desde entonces, mi único trabajo como novio después de amarla, era hacerla sentir segura. Y esta ocasión no sería diferente. El color azul marino resaltaba su piel pálida y ojos azules como el cielo, Laura seguía enamorándome con su belleza, su alegría y su carisma como el primer día que la conocí, tímida y desorientada en un salón de clases donde todos nos conocíamos y que era imposible no notarla. Era la niña nueva con piel blanca y pálida como la mía y desde entonces no pude evitar quitar mis ojos de ella. Mi primer pensamiento fue: por fin no seré el único pálido de la clase que se pone rojo como camarón a los dos segundos de estar bajo el sol. —¿Nos vamos? —pregunté besándola una vez más— Antes de que me quiera quedar, y deshacer de este vestido…. —Paciencia, Dec. Paciencia —expresó coqueta mientras caminaba hacia el auto—. Los regalos son para el final. Podía sentir mi perdición al observar el vaivén de sus caderas moviéndose bajo aquel vestido. Sería una larga noche llena de torturas y tentaciones. Conduje tranquilo, disfrutando cada minuto y repasando cada momento importante de mi vida, agradecí todo lo que tenía. A mis veintitrés, bueno ahora veinticuatro años, era futbolista profesional y de vez en cuando era capitán de mi equipo, representaba a mi país con la selección nacional y tenía a mi lado a la mujer más maravillosa que había conocido. La chica que me había acompañado en todo mi proceso desde que estábamos en secundaria. Laura había sido un gran apoyo y mi ancla para mantener los pies sobre la tierra en un mundo donde era muy fácil perder el suelo. Era la chica de mi vida y estaba dispuesto a dar el siguiente paso, aunque ella no lo supiera. Al llegar al club agradecí tener reservación y prioridad de entrada, así no tendríamos que esperar bajo la noche fresca y las personas imprudentes atosigándome. No era una super estrella, ni mucho menos Lionel Messi, pero ya era conocido en mi país como el joven talento para convertirse en leyenda. Manteniendo a Laura a mi costado en todo momento caminamos hasta la parte trasera del club. Una sección un poco más privada y exclusiva, donde no nos podrían molestar tan fácilmente. A pesar de ser un poco temprano parte de mis amigos ya me estaban esperando. Keith Blackwell, mi compañero y amigo en la selección nacional me rodeó en un efusivo abrazo y a la vez me esperaba con un shot de tequila en mano para celebrar. —¡Por el cumpleañero! —exclamó, levantando su trago, imitando su acto le di un pequeño sorbo a mi bebida. La noche aún era joven como para sufrir una intoxicación alcohólica, pero para mi amigo no fue suficiente—. ¡Fondo! ¡Fondo! —Me animó. Sabía que si no lo hacía las burlas no cesarían y seguirían insistiendo hasta que lo hiciera. Me lo bebí de una. Solté una mueca al sentir el líquido recorrer y quemar mi garganta, fuera lo que fuera no era tequila. En nuestra dieta no estaba permitido tomar alcohol en exceso, así que la mínima cantidad de éste, para mí y seguro para mis amigos podía ser nuestra perdición. Un par de minutos después llegaron los portugueses más codiciados de la liga: João da Silva y Cédric Ferreira. Mi excompañero de equipo venía acompañado de su esposa y modelo Natalia Texeira, sin embargo, la sonrisa se me borró cuando miré que detrás de Cédric caminaba una chica, una chica que llevaba por nombre Oliva y con la que había tenido un percance hace unos días. Cédric era uno de mis amigos más cercanos en el Manchester City y a quien apreciaba demasiado dentro y fuera del campo, su talento y dedicación eran admirables, pero sabía que el pasado con su exnovia lo atormentaba. Así que cuando lo vi entregarle su abrigo a la chica que se congelaba en la grada durante aquel partido, pensé dos cosas: la primera, ¿quién en su sano juicio no llevaba abrigo cuando todavía era invierno? y la segunda; en que bondadoso era mi amigo. Sin embargo, hace un par de días cuando tuve el placer de conocerla en las instalaciones del club, no pude evitar sacar mi lado sobreprotector que la traté muy mal y probablemente dije cosas que no debí. Creí que mi amigo solo lo había hecho en un acto de bondad, pero al parecer me equivoqué y su interés había ido más allá del que imaginé. João y Natalia me saludaron rápidamente para darle paso a la siguiente pareja. —Feliz cumpleaños —dijo tímidamente Olivia frente a mí. —Gracias —respondí, con media sonrisa un poco incomodo. Detrás de ella con amplia sonrisa e insistente mirada estaba Cédric, exigiéndome que me disculpara—. Te debo una disculpa. Lo del otro día… —¿Qué pasó el otro día? —Me interrumpió, insinuando el famoso: borrón y cuenta nueva. Su rostro se relajó y el mío también, porque me estaba costando Dios y ayuda disculparme y la insistente mirada del portugués me perturbaría por toda la noche si no lo hacía. Tomé un par de shots de la charola del mesero que iba pasando e hice un brindis celebrando la nueva amistad. Cédric me dio una palmada en la espalda divertido de verme sufrir e irritado por su sonrisa socarrona estaba dispuesto a darle un empujón cuando sentí unas pequeñas manos tomarme por el brazo, Laura. Mi novia me dio una sonrisa tranquilizadora y me relajé en su agarré. —Esta es Laura, mi novia —La presenté a Olivia. —Eres mucho más guapa que en el video —expresó saludándola con un efusivo abrazo para después saludar al portugués y robarse a la chica. Conocía a Laura y desde que vio aquel video en internet se moría por saber la historia. Me rogaba todas las mañanas que invitará a Cédric a cenar y así poderle sacar la sopa, pero lo que ninguno de los dos imaginó fue que la chica vendría a la fiesta y que la cosa iba más en serio de lo que pensábamos. Aunque me seguía dando mala espina, estaba contento por Cédric, era un buen chico y merecía mucho más que amores a medias. Un amor de verdad. —¿Te gusta? —pregunté a mi amigo cuando las chicas desaparecieron dejándonos solos— Olivia, ¿te gusta? El rostro de Cédric se iluminó y sonrió como nunca lo había visto. No necesitaba que me dijera palabra alguna para confirmarme que, en efecto, estaba enamorado. —Sí —respondió metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. El lugar estaba demasiado oscuro para corroborar mi hipótesis, pero podía jurar que estaba sonrojado—. Apenas la estoy conociendo, pero… No sé, Olivia tiene algo que no puedo explicar, al menos no ahorita. —Me alegro, hermano —Coloqué una mano en su hombro y le di un pequeño apretón reconfortante. De esos que te da tu padre cuando te va a dar algún consejo, aunque yo no lo tenía—. Y supongo que, si ella está aquí, es porque también siente algo por ti. Sé que no reaccioné de la mejor manera cuando la conocí y pido disculpas por eso… No me quiero poner cursi, pero no sabes la alegría que me da saber que eres feliz. Cédric soltó una carcajada. —Creo que debes dejar de tomar un poco, te estas poniendo sentimental —bromeó—. Gracias, Dec. De verdad espero que sea la indicada —respondió, honesto antes de ir en busca de Olivia. La noche avanzaba entre bromas, risas y tragos con mis amigos hasta que noté algo extraño, hacía falta algo o más bien alguien. Memphis. Mi amigo de la infancia, Memphis White. Mi otra mitad, el hermano de otra madre y que nunca faltaba a mis cumpleaños. Lo conocía desde que teníamos diez años en la academia de futbol del Chelsea y desde entonces nos volvimos como la uña y la mugre; inseparables. Entrenábamos y jugábamos juntos todos los días hasta que tuve que irme a otro equipo para continuar con mi sueño porque en el que estaba me habían echado cuando solo tenía quince años. Nuestras familias siguieron en contacto, y nosotros también. Formar parte de diferentes equipos nos había hecho los jugadores que éramos ahora. Sinceramente, no creo que hubiera desarrollado las habilidades que ahora me caracterizaban, si me hubiera quedado a lado de Memphis. Éramos un caos juntos. Durante los entrenamientos aunque hacíamos nuestro esfuerzo por estar concentrados seguíamos siendo unos niños inmaduros y pasábamos gran parte del tiempo bromeando. Pero ahora era diferente, en la selección nacional todo era diferente, tomábamos las cosas en serio. Las oportunidades allí eran más limitadas, y no había espacio para juegos, no al menos en los entrenamientos. Conocía a Memphis como la palma de mi mano y sabía que la puntualidad no era su virtud. Con la pequeña excepción de las fiestas, a esas casi siempre llegaba temprano, sin embargo, me parecía extraño que aún no llegara. Revisé nuestros mensajes cerciorándome de que no olvidé invitarlo, pero si lo había hecho. —¿No iba a venir Memphis contigo? —pregunté a Keith. Memphis y él eran compañeros en el Chelsea y acudían juntos a la mayoría de los eventos. —No, dijo que antes tenía algo que hacer —respondió, encogiéndose de hombros. Que extraño, pensé. ¿Qué podía ser más importante como para llegar tan tarde? ¿Habría pasado algo con su familia? Negué, si fuera así mi madre me lo habría dicho. Me preocupaba un poco que mi amigo aún no llegara. Volteé a ver a Laura con la intención de preguntarle si sabía algo de Memphis pero mi pregunta quedó al aire. Laura, Natalia y Olivia miraban atónitas hacia la entrada que no pude evitar dirigir la mirada curioso. Sino hubiera sido porque estábamos a oscuras seguro hubiera tenido la misma expresión de asombro que las chicas. Caminando en nuestra dirección vistiendo un suéter azul rey que lo hacía resaltar entre la multitud estaba Memphis. Era imposible no reconocerlo, tenía un porte muy peculiar y un andar muy imponente. Pero lo que nos tenía a todos conmocionados e incluso me atrevería a decir que Keith a mi lado tenía la misma expresión que yo; era que no venía solo. Detrás de él y sosteniendo su mano caminaba una chica. No sabía si era la cantidad de alcohol recorriendo mi sistema o la impresión de que mi amigo llegara acompañado lo que me tenían un poco consternado. Memphis no era de los que tenían una relación sería y ver su mano entrelazada a la de la chica me había dejado sin palabras. Keith a mi lado se dio cuenta y me dio un ligero codazo para sacarme de mi transe. Nuestro amigo, el rompecorazones, estaba a solo un par de pasos. —¡Mira quién decidió aparecerse! —dije chocando su mano con nuestro saludo característico que habíamos inventado de niños. Tomé el pequeño momento en el que saludó a Keith para retomar la compostura. Sonreí de oreja a oreja divertido por el chisme que se crearía en el grupo familiar cuando se enteraran que Memphis había llevado a una chica, porque estaba seguro de que nadie lo sabía. Sobre todo, porque Deborah, su madre, se preocupaba por el futuro de su hijo e insistía en que sentara cabeza pues quería ser abuela joven. Cosa que a mi amigo esa petición le entraba por un oído y le salía por el otro, y aunque no sabía si la joven era su novia o no, sabía que el simple hecho de que llevara a alguien albergaba las esperanzas de su madre. —Lo bueno siempre se hace esperar, además, no sabía si cambiarias la fiesta a un salón de bingo —bromeó con gran sonrisa— ¡Maldito, anciano! Rodeé mis ojos ante su mal chiste. Memphis y yo nos llevábamos un par de días de diferencia, yo cumplía años el diez de marzo y él el catorce. Así que bromear con que ya había dado el viejazo era absurdo, porque en un par de días me alcanzaría. —Disfruta tus últimos días siendo más chico que yo… —¡Memphis, qué sorpresa! —interrumpió Laura a mi lado. Observé a mi novia alzando una ceja. Sabía que sus palabras tenían doble sentido y que al igual que yo estaba sorprendida de ver que el acompañante principal de Memphis no era Keith sino otra persona. Mi amigo captó la indirecta, y se hizo a un lado dejando ver a una pequeña e inocente chica. —Declan, Laura —Nos señaló para que nos identificara y después posó su mano en la pequeña cintura de su acompañante—Les presento a Sofía… mi novia —enfatizó la última palabra.
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