Capítulo 8

2207 Palabras
Iván   —¿Quieres dejar de llorar? —No. —Esnifa y vuelve a romper en llanto. Ruedo los ojos y me paro frente a ella. —Es sólo cabello, volverá a crecer y puedes pintarlo de nuevo. —Esta no soy yo. —No, no lo eres. Y yo tampoco soy este tipo, pero toca serlo para guardar nuestro trasero de ser picado o arrojado al río. —No quiero. —¡Por favor Yuliana! Es sólo puto cabello y un tinte, no es el fin del mundo y aún respiras. —Estallo y logro que al menos deje de llorar, pero sí resucito a la bestia que vive dentro de ella. —¡No me grites! No se te permite gritarme, eres mi devoto esposo así que consuélame. —No voy a palmear tu espalda sólo porque estás llorando por un corte de pelo. —¡No es sólo el puto corte! —grita y arroja las tijeras en mi dirección, las esquivo rápidamente—. Yo soy Juliana, pero Juliana ya no está; está muerta. Ya no tengo a mis padres, ni a Bonnie, no hay amigos, no hay trabajo, ¡No hay nada! ¡Ya no soy nadie! —No me arrojes cosas filosas a la cara, loca, y si eres alguien. Te llamas Yuliana Sandoval, eres Yuliana Sandoval. Y será mejor que empiece a llamarla y tratarla como ella, es más fácil que se acostumbre a su nueva identidad. —No —solloza y patalea, realmente patalea y no sé porqué eso me parece lindo y tierno. ¿Tierno? Yo no soy amigo de lo tierno—. No soy nadie. Ni siquiera sé quien es la jodida Yuliana Sandoval. —Cubre su rostro con sus dos manos y se echa a llorar de nuevo. —Es mi esposa, eres mi esposa —murmuro acercándome a ella. Sus hombros se tensan cuando siente mi cercanía, pero no descubre su rostro. Lentamente la atraigo hacia mi pecho y trato de abrazarla—. Eres la mujer que salvó mi vida en ese baño y ahora eres mi amada esposa, por la cual doy mi vida y hasta más. Y… por el poco tiempo que te he conocido, sé que eres una mujer valiente, inteligente, toda una fiera y divertida chica, que puede proponerse lo que quiera y alcanzarlo. Sorbe sus lágrimas y creo que mis palabras han hecho algo en ella porque quita sus manos de su rostro y corresponde mi abrazo. —¿De verdad crees eso? —No, estoy seguro. He tenido suficiente tiempo para leerte, y créeme, soy muy bueno en ello. Vuelve a sorber y se aparta. Su rostro lleno de lágrimas y sus ojos rojos e hinchados me miran. —No sé si estás diciendo esto para hacerme sentir mejor o porque lo crees así, pero gracias. —Se levanta en la punta de sus pies, ya que soy mucho más alto ahora que no está usando tacones, y besa mi mejilla—. Me siento un tris mejor. —¿Estoy siendo un buen esposo? —me permito enviarle una sonrisa tranquilizadora, sonrisa que corresponde y agradezco por eso. —Vas por buen camino. La suelto y ella a mí también, me hace señas para que salga del baño y cierra la puerta. Me quedo en la habitación de ese motel barato, esperando que su crisis esté controlada y que podamos continuar con esta farsa.     Casi dos horas y media después, Yuliana sale de la habitación y me muestra su nuevo cambio. Yo aproveché ese tiempo para tinturar también mi cabello y recortarlo un poco a los lados; también para recordar por medio de tutoriales mis jodidas clases de paramédico. Yuliana también se la pasó el viaje en avión viendo estúpidos vídeos de internet, sobre corte de cabello y esas cosas. —Te ves caliente —murmuro con sinceridad. Su largo cabello n***o ahora llega a los hombros, es recto y de un color más chocolate-marrón que antes. Sus ojos siempre me han parecido bonitos y como usa más maquillaje tienen este efecto raro que hace ver su mirada felina. Los jeans aprietan bien sus piernas y marcan sus caderas y trasero, El suéter verde de manga tres cuartos y cuello en V, se aferra a sus pechos y cintura, enseñando sus curvas. Las botas marrones en sus pies de tacón medio la hacen ver más alta y sexy. Rueda sus ojos y da una vuelta mostrándome su trasero, que es igual de impresionante que sus pechos. —¿Quedó bien el corte? ¿Está disparejo? —Está perfecto. —Le doy una mirada breve a su cabello, que luce bien para mí, y el resto del tiempo miro su trasero. Es caliente. —Deja de mirar mi culo. —Se vuelve y planta sus manos en sus caderas—. Tú te ves bien, al menos tengo un esposo que despertará envidia. —Lo sé, soy impresionantemente hermoso, apuesto y sexy. Resopla y rio. Camina hasta la mesa del televisor y toma el supuesto anillo de matrimonio. —Creo que mi esposo podría haber hecho un mayor esfuerzo para comprarme un anillo. Levanto mis manos en defensa. —No fui yo quien lo obtuvo. Quéjate con Victoria. —Realmente ella cree que eres un idiota. Este anillo es horrible. —Inspecciona el anillo sencillo y mediocre. Hasta yo reconozco que es una mierda de anillo—. Parece que lo ganaste de un paquete de gomitas o algo así. ¿Esto si quiera es de plata o es de acero? —No tengo idea. La mía no es mejor, creo que podría cortarme el dedo si empuño mi mano. Me pongo el anillo casi al mismo tiempo que ella. Ambos contemplamos nuestras manos, yo gruño y ella suspira resignada. Nos miramos un momento y compartimos sonrisas alentadoras, sonrisas que ninguno de los dos siente en realidad. Ella está renunciando a su vida y yo a la mía, aunque es mucho más fácil para mí, ya he estado actuando como una persona diferente desde hace años, ella por su parte, es la primera vez que finge ser alguien que no es. —Que empiece este estúpido baile —dice, con decisión y nuevas energías. —Así es que se habla, cariñito. —Gracias, Osito. —Oh no, no, no, no. No vas a decirme Osito, ¿qué clase de cariño es ese? Se encoje de hombros y sonríe. —Lo siento, mi vida, pero amo los osos de peluche según mi nueva identidad, y quien más va a ser mi osito favorito, si no tú. —¿Realmente amas los osos de peluche? —Los odio. —Sí, creo que tampoco le caíste en gracia a Victoria. —Ni siquiera me ha conocido. —Pero eres mi esposa, es suficiente razón para que ella quiera joderte. —Creo que yo también la odio. Alguien toca la puerta y sabemos que nos están pidiendo que nos alistemos para continuar. Tomo la chaqueta y la bufanda de la cama y las maletas de ambos. El departamento nos entregó unas pocas prendas para que podamos vestir en este momento. Yuliana toma su abrigo y sus guantes y nos encaminamos a la salida. Dos agentes del programa nos escoltan hasta una camioneta negra y vieja, Yuliana tiene problemas con el cinturón y le ayudo, me agradece y reposa su cabeza en el vidrio de la ventana. Suspira y mueve nerviosamente las manos. No sé que me impulsa a hacerlo, empatía o solidaridad, pero tomo la mano de Yuliana y la estrecho, tratando de darle fuerza para continuar y demostrarle que los dos estamos en esto. Nos toma tres horas llegar a nuestro destino final. La ciudad de La Morada nos recibe cerca de las seis de la mañana. Yuliana permanece dormida y recostada a mi lado, el agotamiento la venció hace más de una hora. La camioneta gira hacia la derecha y nos conduce a un vecindario de conjuntos y apartamentos lúgubres. Apenas el sol está aclarando el día y aún se ve actividad de la noche anterior. Grupos de gente que sale de alguna fiesta, mujeres que ofrecen más que un cigarrillo, peleas callejeras y personas teniendo sexo en las esquinas. —Debes estar jodiendo conmigo —murmuro. No pueden ubicarnos en este lugar, es una cuna de crimen y ratas. —No te preocupes —dice el agente que conduce la camioneta. Parece un agente especial con su traje, cabello engominado[1] y lentes oscuros—. Estos no son los complejos donde van a vivir, pero tenemos que pasar por aquí para llegar a ellos. No queremos alertar a la pandilla del otro lado. —¿Pandilla? j***r —gruño—. ¿Qué demonios estaba pensando Victoria? Estamos expuestos aquí. —En realidad no. Si leíste bien tu expediente y perfil, eres el sobrino de Humberto Carrillo, es uno de nuestros contactos y una de las personas más influyentes y respetadas aquí. Es un comerciante legal… o algo así. Además, es una persona confiable para el jefe, Bedoya asegura que nos ayudará. A veces hay que vendernos un poco para poder obtener lo que queremos. Todos ganan. —Genial, simplemente genial. ¿Quién garantiza que no se venda? ¿Está contaminado? —No, él no los venderá, te lo aseguro. Bedoya confía demasiado en él, y sabes que el jefe no pone su confianza en nadie. —Esto no me gusta. —No tiene porqué hacerlo —responde el compañero de pelo rubio y complejo de hombre de n***o. Fulmino sus caras, sus trajes y sus lentes. Que se jodan. Casi diez cuadras más allá y en un vecindario un poco más tranquilo, pero no menos lúgubre, nos detenemos frente a otro conjunto de edificios. Hay tres torres de siete pisos cada uno. La pintura de todas está rasgada y caída, hay grafitis en las paredes. Aunque en comparación al resto de los edificios y casa de los alrededores, nuestro conjunto se ve mejor. Si es que puede decirse eso. —Al menos tiene un portero y entrada asegurada —suspiro. —Sí, eso compensa el resto. —¿De qué hablas? —Lo verás por ti mismo en unos momentos —dice hombre de n***o uno y golpea el brazo del hombre de n***o dos. Sacudo a Yuliana y no me percato de ser suave con ella. Se sobresalta y extiende su mano empuñada, golpeando mi nariz. —¡Mierda! —gruño. —¡No vuelvas a despertarme de esa manera, idiota! —Me da una fuerte palmada en el hombro y frota su pecho con la otra—. Me asustaste. —Lo siento. —Sí, como sea. ¿Ya llegamos? —Sus ojos observan los alrededores y su cuerpo se tensa—. ¿Debes estar jodidamente bromeando? —Lo mismo dije —murmuro llevando mis dedos a mi lastimada nariz—. Al parecer Victoria realmente nos odia. —Esto es horrible. ¿Qué demonios es este lugar? —Nuestra nueva casa. —Salto del auto y estiro mis piernas. Yuliana me sigue y arrastra su maletín con ella. —Vamos a ser asaltados en medio de la noche, ¿verdad? —No —responde hombre de n***o uno quitándose los lentes y enseñándonos más su rostro. Su compañero lo sigue—. Humberto ya se encargó de informar que su sobrino y su nueva esposa se instalarían en el 104. Están protegidos por ahora. —¿Por ahora? —resopla Yuliana frotándose los ojos y los hombres de n***o la fulminan con la mirada. —En el transcurso del día debe llegar el carro de mudanza. La agente Trujillo proveyó todo lo necesario para que puedan llevar su nueva vida. —¿Agente Trujillo? ¿Estamos hablando de otra persona o eso también lo hizo Victoria? —La misma. —respondo, Yuliana me mira y niega con la cabeza. —Creo que no nos va a gustar lo que traerá el camión. —Supongo lo mismo. —Aquí están sus llaves. Deben presentarse con Humberto cerca de las dos de la tarde, eso les permitirá ubicarse y descansar apropiadamente. Tomo las llaves y agradezco de mala gana a los agentes. Se despiden y marchan en el auto. Me vuelvo hacia Yuliana, que se tambalea del sueño, tomo su maletín y la traigo a mi lado para que se apoye. No necesito saludar al portero, simplemente nos sonríe y abre la puerta. ¿Qué mierda? ¿Y la puta seguridad? —El señor Carillo nos informó que su sobrino y esposa llegaban temprano esta mañana. El apartamento ya fue aseado, pero requiere algunas revisiones. Sigan. —Gracias… —Yuliana se acerca y lee el apellido del portero en su uniforme—, Portillo. Asiente y nos deja seguir. Vamos hasta la puerta con los números 104 y respiramos profundo antes de entrar. —Vamos a ver con qué sorpresa nos encontramos. —¿A la cuenta de tres? —ofrece Yuliana. —Vale, uno. —Dos. —Tres… Mierda. Palabra sabia que sale de los labios de ambos al abrir la maldita puerta. [1] Se refiere a cabello peinado hacia atrás con gel.
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