Iván
Tomo a la chica terriblemente asustada frente a mí, y la arrastro hasta la parte trasera de la casa, donde Jiménez y compañía ya han despejado. Ya no se escuchan más disparos, pero sí la voz de todos los hombres que están minimizando a los hijos de puta que vinieron por la chica.
La ayudo a saltar el muro de su patio trasero, y la empujo hacia la izquierda, donde mi compañero y el auto nos esperan.
—Espera, ahí está Bonnie —dice, señalando la parte de su patio donde encontramos a un canino inconsciente.
—¿El perro? —Sacudo la cabeza y señalo el auto—. El perro es lo de menos, debemos sacarte de aquí.
—Él no es un perro, es mi amigo. Está herido, lo… lo lastimaron por mí.
—No tenemos tiempo, tenemos que salir de aquí antes que toda la jodida policía venga y quienes te quieren muerta sepan que no lo estás.
La chica me fulmina con la mirada y tira de su brazo, pero no logra zafarse. Tiro de ella, con la mayor suavidad que puedo reunir, pero clava sus pies en el suelo.
—Iré por Bonnie.
—No.
—Obsérvame —gruñe y luego pisa mi pie. No duele, bueno sí, la condenada sabe dar un buen pisotón y es sólo por la sorpresa de su osadía que la suelto, no por el pisotón.
—¿A dónde crees que vas? —bramo y me lanzo por ella, pero ya está corriendo hacia donde vimos el canino caído. Suspiro y la sigo, Jiménez me da una mirada cuando la ve pasar hecha una furia, me encojo de hombros y él ríe.
—¿Bonnie? —susurra, dejándose caer junto al perro que parece muerto—. Bebe, responde por favor.
—Es un perro —murmuro entre dientes. Jiménez levanta una ceja hacia mí y le doy la mirada de “no me jodas”.
—¿Te importa?, es mí jodido perro. —La chica me fulmina con la mirada y tengo que contenerme para no decirle lo que pienso de su jodido perro.
Extiende su mano y sacude el cuerpo del perro, pero éste no responde. Sus ojos están abiertos, pero es obvio, por la sangre que se derrama de su nariz y boca, que ya está en el cielo de los perros. No que le diga eso a la chica, probablemente me patearía de nuevo, pero realmente necesitamos irnos.
—Por favor, no me dejes —susurra con lágrimas en los ojos. Miro a Jiménez por ayuda cuando ella levanta sus ojos desesperados hacía mí—. Debemos llevarlo a un veterinario, por favor
—Está muerto —señaló y niego con la cabeza. Jiménez me golpea—. ¿Qué demonios?
—Ayuda a llevar al perro, lo dejaremos en el hospital veterinario que está de camino, y luego la llevaremos a un lugar seguro.
—¿De camino a donde? No puedo simplemente dejarlo ahí, tengo que estar con él.
—Está muerto, ido, ya no está con nosotros —gruño cuando escucho las sirenas a lo lejos, debemos marcharnos con la chica pronto antes de que la vean y le avisen a quien no deben hacerlo.
—¡Deja de decir eso! —Antes de que pueda parpadear, la chica está golpeándome en la cara y el pecho. Me tambaleo un poco, pero logro contenerla. Le gruño e igualo su furiosa mirada.
—No vuelvas a hacer eso, no será bonito. Tenemos que irnos de aquí y ponerte a salvo, me importa una mierda lo que quieras hacer con el perro, él no es mi prioridad ahora.
—Estúpido insensible, ¡Bestia! ¡No lo voy a dejar aquí! —Sigue su asalto y no sé si es por la brisa fría que sopla en estos momentos, o por la adrenalina que debe correr por su cuerpo, pero sus pezones se asoman por la tela de su camisa y es jodidamente claro que no lleva nada más que ese chiste de blusa encima de su piel.
¡Puedo ver el contorno de sus malditos pezones!
Y son unos muy buenos pezones en unas jodidas e increíbles tetas.
Jesús, creo que algo se está poniendo duro en mi entrepierna.
Creo que no soy el único. Todos están mirándola.
Dejo escapar un gruñido y tomando a la chica por sorpresa, la levanto y tiro sobre mi hombro para que deje de golpearme y sus tetas dejen de rebotar y provocarnos.
—¡Suéltame imbécil!
La llevo hasta el auto que espera a un costado de la pared del patio trasero y la dejo caer, no muy gentilmente y sólo para mi propio placer, sobre el asiento trasero.
—Cállate, Pamela Anderson.
—¿Qué? —Me envía una mirada confusa hasta que le señalo sus tetas, sus ojos se llenan de entendimiento y se sonroja—. Yo, eh…
—No hables.
Cierro la puerta y la dejo dentro mientras espero a Jiménez. Veo como Pérez y Henao traen el perro muerto consigo. Ruedo los ojos y le grito a Jiménez que no viajaré con el cuerpo del perro en el mismo auto. Suspira y ordena a los chicos llevarlo al otro auto. Alguien golpea la ventada del auto desde dentro y no necesitamos ser genios para saber quien fue.
—Lidia tú con ella. —Paso a Jiménez y rodeo el auto para conducir—. No puedo esquivar sus golpes y no mirar sus tetas.
—Nadie puede evitar hacerlo —lo escucho murmurar y darme una mirada de “viste eso” por encima del auto. Sonrío, abro la puerta del auto y apenas estoy sentándome cuando recibo un golpe en la cabeza.
—¿Qué mierda? —Me vuelvo y contengo otro puño misil de la chica antes de que golpee mi nariz—. Deja de golpearme, loca.
—Estúpido, Bonnie necesita estar conmigo, ¡déjenme salir y ver como está!
—¡No! —bramo y la sacudo un poco logrando que se quede quieta y me mire con temor—. Y será mejor que dejes de actuar como una lunática o me veré en la obligación de atarte y amordazarte.
Estrecha sus ojos hacia mí y murmura entre dientes—: No puedes hacer eso, tienes que protegerme.
—Tengo que morirme, algún día —respondo y ella resopla—, ahora debo llevarte a un lugar seguro y no me dijeron exactamente cómo hacerlo, así que una cuerda y un poco de cinta en tu boca no será algo grave.
—Imbécil.
—Loca. Cierra la boca y déjanos hacer nuestro trabajo.
Sus labios se sellan pero también tiemblan, me fijo en sus ojos y se humedecen y su nariz se torna roja.
Ahrggg, va a llorar.
—¿De verdad crees que está muerto? —susurra a punto de llorar y me permito sentir pena por ella.
—Mira, no estoy seguro —miento—, tal vez sólo esté conmocionado. Vamos a llevarlo a un hospital veterinario para permitir que se recupere mientras tú estás segura y fuera de peligro, ¿bien?
—Bien.
Suelto sus manos y veo como se acomoda en la parte de atrás, mirando hacia el otro vehículo donde se supone que va su perro. Jiménez me da una mirada reprendiéndome por darle esperanzas, me encojo de hombros tratando de trasmitirle mis excusas. Niega con la cabeza y habla por radio.
—Preparen la escena antes de dejar entrar a la policía. El cuerpo de la chica debe estar cubierto. Informen que es un asunto del DNIC[1] y no deben interferir.
—Entendido —responde, quien asumo, es Rodríguez.
—¿Cuerpo de la chica? —Me vuelvo de nuevo hacia la mujer en el asiento trasero.
—Tenemos que hacer creer que fuiste asesinada. Eso nos dará tiempo para asegurarte y protegerte.
—¿Mataron a una chica en mi lugar? —susurra horrorizada y Jiménez ríe.
—No —aclara mi compañero—, ya estaba muerta cuando la trajimos. Es sólo un cuerpo no identificado que descansaba solo y frío en la morgue. Ahora le daremos tu nombre y…
—¿Van a decirle a mis padres que estoy muerta? —jadea y entra en pánico—. No pueden hacer eso, los destruirán. Papá no podrá soportar esa noticia y mamá… ¡No pueden hacerles creer eso!
—Ya lo hicimos. Mira —Vuelvo mi cuerpo para estar más frente a frente—, no estamos jugando princesa, si no hubiéramos llegado, esos hombres hubieran hecho y desecho contigo; y créeme, ellos no juegan bonito. Igual, tus padres te hubieran perdido. Vamos a hacerles creer a quienes te buscan que estás muerta y a todos los conocidos también, familia, amigos, todos. Es probable que si creen que estás viva entren en contacto o sigan buscando por ti y ya no sólo tú estarías en el ojo de los niños malos, también ellos. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que irrumpan en su casa y les hagan daño?
—No.
—Entonces apégate al plan y déjalos fuera de este lio. —Asiente y esnifa. Se abraza a sí misma y cierra sus ojos recostándose—. Nos hemos asegurado de que no haya más chicos malos alrededor, los tres de afuera fueron abatidos y los dos de dentro igual, no hay testigos que puedan afirmar que estás viva. Tus vecinos de al lado no se encuentran en casa y los del frente estaban demasiado asustados que se refugiaron en la parte trasera. El plan ya está en marcha, asúmelo. Has muerto hoy. —La chica asiente suavemente con la cabeza y luego cubre su rostro con ambas manos. Está llorando. Jiménez me da otra de sus miradas y niego.
Arranco el motor y conduzco hacia la casa de seguridad donde nos esperan. Necesitamos guardarla, protegerla y tratar de acabar con los Urrego y así poder respirar en paz. Ella es un testigo potencial y una ciudadana en peligro y como agente, debo velar por su seguridad y bienestar, no por sus sentimientos.
De esos que se encargue otra persona, yo no.
[1] Departamento Nacional de Investigación Criminal