Valery se sentó frente al espejo, mirando su reflejo con una expresión de disgusto. Andrea estaba detrás de ella, ajustando el corpiño del vestido. —Este vestido es horrible —se quejó Valery—. Es demasiado pesado y me hace sentir como una muñeca. Andrea se rió y siguió ajustando el vestido. —Es un vestido de gala, Valery —dijo—. Tiene que ser elegante y sofisticado. Valery se quejó de nuevo, moviendo la cabeza de lado a lado. —No me importa la elegancia —dijo—. Me importa la comodidad. Andrea se rió de nuevo y le dio un golpecito en la espalda. —No te preocupes, Valery —dijo—. Te acostumbrarás al vestido. Las criadas estaban paradas en la esquina de la habitación, observando a Valery y Andrea con una expresión de curiosidad. Valery las miró y se sintió compadecida por ellas. —¿Por

