La mañana siguiente, de vuelta en la ciudad, mi cabeza estaba hecha un lio, porque, siendo sincera, no sabía qué hacer. No sabía qué quería, porque así ellos ya no estuvieran juntos, yo no podía volver con él y tampoco podía volver a ser amiga de ella. Mi relación con ellos estaba rota e irremediable de todas las formas posibles, pero algo que, sí tenía claro, era que odiaba verlos juntos. Mi madre puso su mano en mi pierna llamando mi atención. —Ya no pienses más en eso. Quiero que vuelvas a ser esa Artemisa de antes, esa chica feliz y buena. Le sonreí lo más que pude, porque en realidad, estaba fingiendo. ¡Es que demonios! ¿Cómo podía decirle a mi madre que de esa Artemisa ya no quedaba nada? Esa Artemisa se me había perdido, mientras estuve en coma y el mundo siguió sin mí. Casi de in

