5.- ¿Una Abuela diferente?

1071 Palabras
Caterina. El impacto de conocer a quien sí es mi familia y que al parecer me esperaba con ansias y los brazos abiertos, hace que el dolor aumente, un dolor físico y con sentimiento a la vez. La señora – la abuela – se encuentra nerviosa, compungida y con mucho dolor, supongo que ante el recuerdo de la muerte de su hijo, mi padre. Me llama demasiado la atención que no deja de temblar, deben ser las emociones que la tienen sobrepasada en este momento o la edad que no ayuda. — Sí, señora... ese es mi nombre – sonríe con gesto comprensivo ante mis palabras. — ¡Dios mío, eres idéntica a mi Carlo! – tambalea de nuevo y mis pies se mueven solos para ayudarla. Su piel aunque arrugada totalmente, se siente fina y sedosa al tacto, abrazo su cuerpo tembloroso y al fijar la vista sobre ella, el Sr. – que supongo es mi abuelo – se acerca cautelosamente con un sillón cómodo para sentarla. Me sonríe y me veo reflejada en esos ojos verdes que aunque han perdido su brillo, me observan afectuosos incluso, amorosos más no curiosos. Sonrío cohibida por primera vez desde que me conozco ya que acostumbro a intimidar más que a lo contrario. — Se siente un poco débil porque apenas va saliendo de la clínica – asiento ayudándolo a sentarla en el sillón. El caballero estirado que nos acompañó en el viaje desde la entrada hasta aquí – del cual no sé su nombre, por eso la descripción cansona – me ofrece una silla para que me quede frente a mi abuela que no deja de llorar, murmuro un gracias al sujeto y este hace una reverencia que me obliga a poner los ojos en blanco, gesto que le causa risa a mi abuelo - ¿Por qué es mi abuelo, no? – es idéntico a mí. Sonrío porque su expresión es de ternura infinita y su sonrisa es contagiosa. — Saca a todos de aquí Rixio, quiero hablar con mi nieta – le dice a su esposo en un tono tan autoritario que los jadeos de los demás son inminentes ante la orden, sonríe sin dejar de mirarme. — ¡Claro amor de mi vida! – le dice este sin dejar de mirarla con amor infinito, ella sube la vista y él besa su mejilla de piel arrugada. — Pero ¿no había una reunión, abuelo? – protesta la chica gemela del chico que me abordó en la puerta. — ¡Sí que la había Piccola Lorenza, pero tu abuela dispuso otra cosa y ella manda! – la chica hace un mohín horroroso de disgusto y sale con una pataleta. El viejo se carcajea y la abuela mira al cielo negando con la cabeza, tal como lo hace Didy cuando mi Amor Amargo hace algo que no le agrada. Sonrío triste ante los recuerdos, la abuela se percata y pone expresión interrogante. Niego para que lo deje estar. — Todos piensan que por mi edad soy un ser inservible, pero no tienen idea de la energía que tengo aun y de lo que soy capaz – susurra cerca de mi cara haciéndome un guiño. Sonrío ampliamente —. Eres el retrato de tu padre cariño – aprieto los labios porque no tengo nada que decir —, pero cuéntame un poco de ti por favor. Me siento intrigada con tu vida – no me pasa desapercibida la tristeza en sus ojos — a pesar de que los últimos acontecimientos los conozco, pero a el desgraciado de Adriano le va a caer la mano de Santis Piccola mía ¡eso lo juro! – sus ojos se oscurecen, tiemblo un poco a causa de su enfado frente al tema de mi... de Adriano. — Él... él está preso, mi tío Víctor se encargó de ello – decido obviar el tema de los Hudson por seguridad, ya que al parecer la señora tiene mucho poder —, yo preferiría no hablar de ello – bajo la vista, aun me afecta cuando no estoy enfadada. — ¡Descuida Piccola mía, nunca más tendrás que verlo! – y de ese modo se cambió el tema. Al parecer la abuela es la máxima autoridad dentro del seno familiar y como dijo el abuelo: “ella manda”. En el rato que estuvimos hablando me enteré de algunas cosas, por ejemplo: el caballero que acompañaba a mi tía Ofelia cuando me encontraron en la salita es Stefano Bertolucci, sobrino de la abuela quien a su vez tiene tres hijos: Giorgio, Franchesca y Guido de menor a mayor tienen veintitrés, catorce y diez años, este primo quedó viudo a causa de un accidente de auto – como mis padres – Rodolfo Moretti es el hermano menor de los De Santis, hijo de una mujer desconocida que antes de morir ella lo envió a la casa de su padre. Mi Abue cuenta los acontecimientos sin dolor porque al parecer fueron víctimas de un matrimonio forzado por una promesa familiar. Los Bertolucci son un gremio Aristócrata, conservadores y fieles a sus prácticas. También me enteré de que los gemelos son hijos de Ornella quien a su vez es viuda, comprendo lo perra que es por su condición de sola aunque los niños son prácticamente del abuelo, el chico retraído de la sala se llama Flavio y es hijo del tío Rodolfo, por supuesto Danna se encuentra aquí por el hecho de que sus padres se encuentran encerrados tras las rejas bajo las leyes de Nueva York. Mi padre se llamaba Carlo De Santis que por las lágrimas de la abuela, al parecer era un santo, el mejor hijo del mundo en realidad y mi madre Dalia Rossi era, además de una belleza, buena y tierna con todos, muy querida y considerada a pesar de ser hija única criada en una familia también de dinero, palabras de la abuela. La cena se sirvió a las siete de la tarde en el enorme comedor que abarca veinte puestos ¡sí, veinte, vaya, vaya con la pomposidad! Ruedo los ojos ante la vanidad de estas personas que se hacen un cambio de ropa cada vez que van a sentarse a la mesa y yo continúo con mi vaquero decolorado, rasgado en las rodillas y mi jersey enorme cortesía de mi Amor Dulce ¡los extraño tanto! Y tan solo llevo fuera doce horas.
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