Desconocidos.

1609 Palabras
Caterina. El cansancio me agobia y caigo en un sueño aunque ligero, inestable. Ese sueño que te hace sentir todo lo que sucede a tu alrededor, que no dejas de estar... alerta. Percibo que nos detenemos, me desperezo como un felino cual si estuviera en mi propia cama, nada elegante, ni sofisticado. Me restriego los ojos para aclarar la vista justo cuando la puerta del vehículo se abre dejando dilucidar la vista más hermosa que he tenido en frente de un jardín muy al estilo Caperucita Roja – mi cuento favorito por cierto – las jardineras llenas de flores y mil colores le dan un estilo tan natural que esta mierda no parece de una casa. Salgo del auto para inhalar el fresco aroma de la naturaleza que se mueve al ritmo de un viento limpio y sin el smog de la gran ciudad. — ¡Bienvenida a tu hogar Caterina! – expresa mi tía Ofelia emocionada. Hago caso omiso a su comentario maravillada por la estructura de arte barroco que es el palacio De Santis ¡Sí, es un puto palacio! Miro hacia arriba boquiabierta, encontrándome con una maldita torre como la de Rapunzel. ¡Esto es una mierda! Esta gente es asquerosamente rica y disfrutan de ello según las expresiones de orgullo que veo en sus rostros, levanto una ceja arrogante, rebelde, sin dejar que se note lo impresionada que me siento porque... no soy una princesa de ningún cuento de Hadas zorras que pican cualquier flor que encuentran ¡vaya que estoy enfadada y frustrada! Pero ellos desataron esto, ya que ni siquiera me han preguntado si deseaba venir aquí. Hago una gran bomba con el chicle que acabo de meter a mi boca y que aún no se encuentra preparado para ello explotando justo en mi nariz. Ornella hace un mohín de asco y yo ruedo los ojos sacando el dedo corazón en una seña ofensiva. Camino por encima de las piedras hasta la enorme puerta de doble hoja en madera pulida que ¿cómo no? Tiene labrado el puto sello de la familia ¡que ridículos son! — ¡A la abuela no le gustan las insolencias! – escucho la voz de un chico que debe tener aproximadamente mi edad. Ruedo los ojos. Va vestido con un traje de tres piezas en color crema hasta los zapatos con corbata amarilla de lo más ridículo, sin embargo reparo en mi aspecto que desentona tan solo con estar en el frente de la... de este palacio que ya odio porque debe estar lleno de reglas, medidas y pautas, por el aspecto de este chico estirado y sin criterio, estoy en lo cierto. — ¿Y supones que me importa por? – pongo cara de aburrimiento ante la suya de asombro por mi “impertinencia”, supongo. — Bueno porque eres... esa chica – levanto las cejas evidentemente confundida —. Si, ya sabes...- introduce muy elegantemente la manos dentro de los bolsillos del pantalón de sastre — la heredera – entonces pongo mi poco elegante expresión de ¡vete a la mierda! Y la culmino con un ademán de la mano derecha exigiéndole silencio. Subo la escalera hasta la puerta gigante donde se encuentra un escudero como los de la peli de Robín Hood y río a carcajadas falsamente. El sujeto me hace una reverencia y doy un paso atrás rodando los ojos y terminando de abrir la puerta que se encontraba ya entre abierta. Todo lo que veo a mi alrededor son cosas antiguas y ridículamente cuidadas, no soy envidiosa ni nada, pero esto ya no se usa es decir; si bien el palacio es lindo, deberían decorarlo a un estilo más contemporáneo para que las personas se sientan más actuales porque estas vistas me trasladan al siglo dieciocho donde los reyes y reinas residían en espacios como estos, como dije antes: ridículamente ostentosos. Continúo mi camino hacia no sé dónde mirando absolutamente todo a mi alrededor, lleno de banderines, estatuas y cuadros familiares, me detengo de súbito en un lugar donde se encuentran una serie de pinturas al óleo de una familia. Reconozco a Ofelia y a Ornella por supuesto, a Rogelio y me llama mucho la atención un caballero de ojos tan verdes como los míos, son grandes y expresivos, es mi mirada. Su expresión denota sencillez y afecto ¡wow, quien pintó esto es un verdadero artista! Porque captó exactamente las características más resaltantes de cada uno, obviamente a mi tía Ornella se le ve lo zorra por encima con esa sonrisa maliciosa, mientras que a Ofelia se le nota dulce y amorosa. El cuadro es hermoso aunque mi... es decir; Rogelio se encuentre entre los protagonistas. Al lado están un par de señores de más edad, supongo que son los abuelos – que aun viven por cierto – y que residen en este lugar, por orden de ellos me encuentro aquí, no los quiero, ni un poco y haré lo posible para que me destierren y me manden a Manhattan con los Hudson ¡sí señor! — ¡Cariño, a Dios gracias te encuentro, vamos debemos entrar! – miro a mi tía Ofelia, ya sé que es ella, le reconozco porque su nariz es un poco más pequeña y respingona que la de Ornella a quien no voy a perdonar si se mete conmigo. — ¡No quiero entrar tía, no me obligues por favor! – suplico con ojos aguados, ella me mira con dulzura y asiente. — ¡Bien, tomate unos minutos para respirar! – tomo una gran bocanada de aire. — ¡Gracias! – sonríe y se va. Escucho unos sollozos cerca, son algo raros, pero el tono me parece conocido. Me acerco y toco la pared hasta que doy con un hoyo que se encuentra detrás de... ¡Me lleva la mierda! Diviso a mi ex hermanita Cala cómodamente sentada a horcajadas sobre un sujeto al que no se le ve el rostro ¡se lo está follando! Al muy buen estilo Nickolas Hudson. Descarada e insolentemente, hago unas tomas y un pequeño video de los sonidos motivadores que salen de su boca. Vestida elegantemente con un atuendo ridículo como el de todos los que deben residir aquí. Me retiro antes de que se me escape la carcajada por lo que considero la mejor situación del día. Me encuentro con mi tía de nuevo ahora acompañada de otro sujeto rubio de ojos más oscuros, pero de un verde bastante notorio, me sonríe y yo ni siquiera le presto atención. — Descuida cariño, se acostumbrará, no puedes pedirle que nos ame si no nos conoce – es lo más sensato que he oído hoy y no lo he dicho yo. ... Llegamos a la entrada de lo que parece un jardín dentro de la gran, espaciosa y pomposa casa de mis abuelos. Las flores abundan y el aroma a hierba fresca desentona con el ambiente de tensión en el cual nos encontramos sumergidos, yo porque no deseo estar en este lugar desconocido con gente no es de mi agrado, Ornella porque según escuché detrás de una puerta, la van a retar por sus malas acciones y mis tíos por no discernir cual va a ser mi reacción en cuanto ingrese por esa puerta. En fin, mientras más rápido... mejor. Sin dudarlo y sin siquiera ser anunciados, bajo la mirada atónita del sujeto que nos ha acompañado en el viaje desde el salón de la entrada hasta aquí, abro la puerta de doble hoja para quedarme muy quieta y con la boca abierta por lo que veo. Once personas perfectamente organizadas alrededor de una mesa, escena que me recuerda a la película de “El Rey Arturo y su mesa Redonda”, pongo los ojos en blanco a pesar de mi asombro por lo que me parece lo más cursi y ridículamente anormal para estos tiempos. Veo a mi ex hermana perfectamente arreglada como si no se hubiese follado a nadie hace más o menos veinte minutos, a su lado un hombre le habla al oído, ha de ser el que se encontraba sentado debajo de ella. El chico de la entrada habla con una jovencita que evidentemente es su gemela porque son idénticos, el caballero amable que estaba con mi tía, otro sujeto que es idéntico a mi padre y tres chicos más – vestidos de fiesta – uno de ellos parece un galán de cine. Un par de señores mayores que presumo son los abuelos se encuentran pasmados mirándome, la señora me mira, nuestras miradas conectan como si siempre nos hubiésemos visto, sus ojos color ámbar casi amarillos me trasmiten una paz extraña, una calidez diferente a todo lo que he sentido hasta ahora se aloja en mi pecho, mi respiración se acelera y la cabeza me da muchas vueltas. Juro que deseo moverme, salir corriendo de aquí, pero me es imposible su mirada me engulle, me inmoviliza con esa expresión candorosa y las ganas que tengo de no estar aquí merman automáticamente al ver que se levanta de la silla, temblorosa, apoyada entre el bastón y los brazos de su esposo que la ayuda a salir de donde se encuentra. Camina hacia mí y solloza con la mano libre cubriendo su boca, veo sus lágrimas y aun inmóvil siento las mías atravesar mi rostro. — ¿Caterina, mi niña? – su voz sale temblorosa junto a los sollozos. Mi pecho se caldea de nuevo. Solo por esta sensación de afecto que siento me quedaría aquí, solo y únicamente porque se instale en mí, que no se vaya nunca la abrazaría y descansaría entre sus brazos.
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