VLADISLAU El salón estaba lleno de risas, conversaciones ahogadas en copas de vino caro, y la suave cadencia de la música que envolvía el ambiente como una niebla cálida. Pero yo, Vladisalu, jefe de la mafia rusa, no estaba aquí para disfrutar de esas banalidades. Mi presencia siempre generaba dos reacciones: miedo o respeto, a veces ambos. Las miradas se deslizaban hacia mí como cuchillos, pero ninguno de esos cobardes se atrevía a sostenerlas. Así era el juego. El poder se respiraba, y yo lo exudaba como veneno. Me mantenía de pie junto a una mesa, una copa de vodka en la mano, contemplando a la multitud con una calma que solo los depredadores conocen. Sabía que algo iba a ocurrir esa noche, lo sentía en el aire, en la tensión invisible que vibraba a mi alrededor. Y luego, lo sentí. N

