Aria Prescott El aire en los pasillos de la Corte Suprema de Nueva York se sentía gélido, impregnado de ese olor a cera y formalismo que suele preceder a las ejecuciones legales. Caminaba junto a Damian, el sonido de mis tacones resonando contra el mármol pulido como una cuenta atrás. Vestía el traje de sastre color crema que él me había enviado, el tipo de ropa que proyectaba una pureza que yo ya no poseía por fuera, yo era la imagen de la eficiencia; por dentro, sentía que cada paso me alejaba un poco más de la superficie. Damian se detuvo un momento para atender una llamada, indicándome con un gesto de la mano que me adelantara. Al llegar frente a la sala 402, vi a un grupo pequeño de personas que desentonaban con la opulencia del edificio. Eran hombres y mujeres de manos callosas y

