Tras 10 horas de viaje, por fin me encontraba en Londres, Inglaterra, acompañada de dos grandes maletas y rodeada de una profunda oscuridad. No tenía idea de qué horas de la madrugada sería, solo que a mi alrededor no podía observar nada más que una densa neblina cubriendo los árboles y el frío de la noche que erizaba mi piel. El taxi que hacía unos segundos se había ido, me había dejado frente a un alto portón de hierro: La entrada principal del Internado Frida Juilliard. Una corriente de aire zumbó mis oídos, a la vez moviendo unos cuantos cabellos de la coleta que me había hecho, antes, cuando venía en el destartalado auto de servicio público. Mi corazón me impedía mover un solo dedo de donde me hallaba, añadiéndole que mis sentimientos aún se negaban a vivir esta nueva etapa de mi vid

