—A las diez en punto será usted la primera. Iré llamando en orden —le dije con voz firme, como si tuviera el control absoluto del día. Mentira. Por dentro, era una licuadora emocional. Volví a mi escritorio, revisé el listado de pacientes y lo imprimí. Era mi primer paso para sentirme que pertenecía a este mundo: el mundo real, donde la gente madruga, trabaja, se estresa por tonterías y no finge orgasmos en closets con cámaras espías. Empecé a organizar los nombres, y marqué en el sistema los que necesitaban retirar resultados o presentar exámenes. “Deben ir a la ventanilla de expediente”, pensé, haciendo una notita al lado de cada uno. Imprimí todo y me levanté con aire de eficiencia. La verdad es que no sé si es suficiente con los exámenes en línea o también debo mandarlos en físico

