+MATHIS+
Estoy de pie en la puerta de la mansión Von Riedel, con los brazos cruzados y la mirada fija en mi mejor amigo y en su prometida, que discuten acaloradamente junto al portón. Niklas frunce el ceño, intentando calmar la tormenta de palabras que sale de la boca de Saskia.
—¡Tú no entiendes, Niklas! —espeta ella, con las manos en la cintura—. Liliane acaba de salir de un internado, ¡diez años encerrada con otras chicas! ¿Qué crees que hará ahora que está rodeada de chicos y libertad?
“Mierda”, musito en voz baja, sintiendo el peso de su argumento: tiene razón.
Niklas me lanza una mirada enigmática y finalmente dice:
—Acompáñame, Mathis.
Asiento sin palabras, dejando que él dé media vuelta y suba las escaleras. Yo lo sigo, sabiendo que necesito cambiarme: una camisa limpia, unos shorts sobrios, nada que grite “doctor sexy”, pero sí lo suficiente para no sentirme tan expuesto tras nuestra discusión en la piscina. Mientras me pongo la camisa, recuerdo el roce de su piel contra la mía, el sabor de sus labios, y un hormigueo recorre mi espalda. Sacudo la cabeza, como para espantar esos pensamientos. No debo. No puedo.
Cuando bajamos de nuevo, Niklas lleva un polo azul claro y bermudas de lino oscuro; Saskia aparece con un vestido vaporoso color champán, arreglada como en un desfile de gala.
Nos montamos en el Land Rover de Niklas, el motor ruge bajo nuestros pies. Él arranca y, al incorporarse, suelta:
—Acepto que mis padres se pasaron con Liliane. Mandarla diez años al internado… ahora que ha vuelto, no será fácil para nadie. Y con mi boda cerca, es posible que quieran mandarla a otro internado —su voz suena cansada, resignada.
Lo miro por el espejo retrovisor: sus labios se curvan en una mueca de frustración.
—Pero ella es mayor de edad, Niklas. Veinte años cumplidos.
—Sí, tiene veinte —confirma él, con un tono sombrío—, y eso no detiene a mis padres. Hasta es posible que la casen con algún aristócrata local para “su bien”.
—¿Qué? —expreso con incredulidad—. ¿Eso es una broma?
—No, es la cruda verdad.
El paisaje suizo nos envuelve mientras avanzamos por la carretera. Al doblar la curva que lleva al lago, veo un grupo de chicos y chicas en la orilla: risas, botellas de cerveza, música que retumba como un latido. Algunos juegan voleibol en el agua, otros charlan sentados sobre toallas.
—Ah —digo, señalando con la barbilla—. Esto parece una fiesta de puro descontrol juvenil.
—¿Qué? —pregunta Niklas, sorprendido—. Nosotros tampoco somos tan viejos, ¿verdad, amor?
Saskia se recuesta en el asiento, ajustándose el bolso sobre las piernas.
La tensión en el auto es casi tangible.
La camioneta se detiene junto a los demás invitados. Bajo el cristal eléctrico y admiro la escena: risas, gritos, cuerpos jugando con el agua como si no existiera mañana.
Entro al campamento improvisado con paso firme, el sol reflejándose en mi camisa blanca. Saskia me toma el brazo, susurrándome:
—Protégela, Mathis.
Asiento en silencio, sintiendo que mi decisión está tomada. Protegerla… o poseerla. Porque ya no sé si quiero dejarla escapar.
*
Nos acercamos al borde del lago y justo los vimos: Liliane bailando sobre la orilla con un chico alto de sonrisa despreocupada, sosteniendo un vaso de cerveza que salpicaba cada vez que ella giraba. Sus risas eran como campanillas en el aire. Mi pecho se apretó al instante; sentí un calor furioso.
Niklas, a mi lado, frunció el ceño y los puños se le apretaron. Iba a estallar, lo veía en su mirada. Pero justo en ese instante, sonó su teléfono. Vi que era la pantalla de “Papá y Mamá Von Riedel” y entendí que eran ellos. Saskia se acercó a mí, con la voz tensa:
—Sácala de aquí. Esta chica… realmente es problemática.
La miré incrédulo.
—¿Qué quieres decir?
—Llévala a tu casa —insistió.
Mi mandíbula se apretó.
—¿A mi casa? ¿Qué cara te puse, la de niñero?
Ella alzó la mirada, suplicante:
—Por favor, hazlo por tu amigo. No dejes que se acueste con el primero que la invite al lago. Tú sabes de lo que hablo.
Suspiré, intentando calmar la tormenta en mi mente.
—Se supone que es mayor de edad, y sabe lo que hace.
—No conoces a sus padres —me corrigió—. Son muy protectores. Y esa chica volverá a estar encerrada si pasa una mala jugada.
Fruncí el ceño.
—¿Encerrada de nuevo? ¿De qué hablas?
—Mis suegros son de la vieja escuela —dijo ella—. He escuchado que quieren casarla con un aristócrata local para asegurar alianzas financieras.
—Eso es… una locura —solté, la rabia subiéndome por la garganta.
Y entonces exploté, incapaz de contener mi frustración:
—¿Por qué Niklas no hace nada? ¡Es su hermano! ¡Debe protegerla él!
Saskia bajó la mirada, casi en voz baja:
—Él sufre, Mathis. Sufre mucho y no puede hacer nada.
Me hundí en esa frase. Mi mejor amigo estaba atrapado entre el deber de hijo perfecto y el instinto de hermano mayor.
—Voy por ella —dije con determinación—. Pero tú y yo hablaremos de esto más tarde. Tú sabes más, y es la que suelta más información que él.
Saskia asintió. Me dio un fugaz beso en la mejilla y retrocedió.
Di unos pasos, adentrándome entre los invitados hasta llegar a donde Liliane reía mientras el chico se inclinaba para besarla. Mi corazón dolió como un puñal.
—Liliane… —mi voz rompió el ritmo de la música.
Ella se giró, sorprendida, con el vaso en la mano. El chico retrocedió, confuso.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella con una mezcla de sorpresa y fastidio, como si le hubiese arruinado la fiesta.
Me quedé quieto, un poco más sereno de lo que sentía por dentro.
—Vamos —dije, extendiéndole la mano sin levantar la voz. No era una orden, pero tampoco una sugerencia.
El tipo que estaba con ella, ese crío con cara de “yo sí puedo”—dio un paso adelante.
—No, no se va.
Lo miré. Sin rabia, sin violencia, solo con la calma letal que he aprendido con los años.
—Déjala —le dije.
Liliane me miró. Con esa expresión que no sabía si era burla, ternura o simplemente el juego al que estaba acostumbrada. Luego miró a su amiguito.
—Roy, lo siento. Me voy con Mathis. Te veo luego.
Y entonces, sin drama, puso su mano en la mía.
—Listo —dijo con esa sonrisa maliciosa que sabía exactamente lo que provocaba.
Nos dimos la vuelta y empezamos a caminar. Escuché al mocoso soltar una última frase como pataleta:
—¡Liliane, ¿quién es ese… viejito?!
Ella se echó a reír como si le acabaran de contar el chiste del año.
—¿¡Viejito!? —repitió a carcajadas—. Vamos, Roy, él no es un viejito. Es... otra cosa.
Me miró de reojo y murmuró:
—Mucho más interesante.
Pude haberme reído también, pero estaba muy ocupado controlando el fuego que me ardía en el pecho.
Apenas salimos del bullicio y nos adentramos en un camino más tranquilo, le dije:
—Creo que fue mala idea que tu hermano te diera permiso, ¿dónde está tu amiga?
Ella alzó una ceja, juguetona.
—¿Y eso quién lo decide? ¿Tú?
—¿Dónde te llevo?
—Tú dime.
—A mi casa.
—¿Y ahí qué, me vas a poner en penitencia?
Iba a responder cuando apareció Niklas, corriendo con la cara desencajada.