Capítulo XVIII: En vistas al futuro

1001 Palabras
El rumor de que los gemelos Weasley habían sufrido un ataque corrió por cada uno de los alumnos de Gryffindor. -¡Chicos! ¿Por qué no me pidieron ayuda? –preguntó Percy acercándose a ellos en la sala común, claramente preocupado y un poco molesto. -¿Con qué? –preguntó Fred inocentemente. Ni él ni su gemelo habían afirmado o negado dichos rumores, y ya que el trabajo de Madame Pomfrey había sido tan pulcro, tampoco tenían cicatrices ni nada que pudiera revelar el suplicio que habían pasado un par de noches antes. -No lo nieguen, Fred, George. Si estuvieron una noche en la enfermería es porque algo les pasó, y no fue un accidente normal ni tampoco alguna de sus travesuras, porque si no estarían castigados –replicó su hermano mayor. -Percy, deberías abandonar el mundo de la magia y convertirte en detective –rió George, secundado por su gemelo mientras Percy fruncía el entrecejo. -Percy, ya deja de molestarlos –dijo Charlie que estaba escuchando la conversación desde una pequeña mesa donde estaba jugando snaps explosivos con un compañero- si no quieren contar lo que pasó, está bien. Al menos ahora están sanos y salvos. -Pero… sí, está bien –se rindió Percy y luego se dirigió a los gemelos- aun así, me preocupé mucho cuando oí los rumores. Aunque a veces sean muy molestos, son mis hermanos y no quiero que nada les pase. -Gracias, Percy. SI alguna vez necesitamos ayuda con algo, te lo diremos –respondió Fred. No lo demostró, pero realmente se enterneció con las palabras de su hermano. -A menos que sea algo que sea, ya sabes, un poco ilegal –agregó George. -Pero nosotros no hacemos eso –dijo Fred con su mejor cara de inocente. -Por supuesto que no –comentó George juntando las manos como si rezara. -Son todos unos santos –rió Charlie mientras Percy negaba con la cabeza. Esos días el clima era perfecto y las clases eran tranquilas. Como ya habían rendido los exámenes, lo único que les quedaba era repasar superficialmente las materias que tendrían que ver el año siguiente. Quienes estaban más relajados eran los alumnos de séptimo, ya que era su último año en el colegio. Fred y George pasaban mucho tiempo con Charlie, ya que sabían que desde el año siguiente probablemente no lo verían mucho y no solamente porque ya no estaría en el colegio, sino porque iría a trabajar al extranjero. -¿Y no te da ni un poquito de miedo? –inquirió George. -Nada. Quizás algo de nervio por estar en otro país. -Pero los dragones son tan peligrosos –continuó Fred. -Y geniales –respondió su hermano mayor y los tres asintieron con la cabeza- Hagrid casi se pone a llorar cuando supo que me iría a Rumania a cuidar dragones. -¿Por qué? -Porque adora a los dragones –rió Charlie- estoy seguro de que si pudiera, traería uno al castillo. Pero claro, es muy peligroso y está totalmente p*******o. -Cuando estés con los dragones mándanos muchas fotografías –dijo George. -Y también llévanos a pasar las vacaciones –agregó Fred. -Tranquilos, chicos, aún no sé si quedaré en el puesto –los calmó Charlie- recuerden que solo voy a hacer una primera prueba por tres meses y luego veré si me quedo. Aunque me emocione mucho trabajar con dragones, nunca he visto uno en la vida real y no sé cuál será realmente mi reacción. -Te irá genial, estoy seguro –dijo Fred mientras su gemelo asentía con la cabeza. -¿Y ustedes qué piensan hacer al salir del colegio? -Charlie, faltan millones de años para que eso pase –respondió George con ojos tristes. -Solo seis. -Son una eternidad –dijo Fred hundiéndose aún más en el sillón. -No se van a dar cuenta cuando ya se estén graduando. -Bueno, de todas formas ese será un problema para los Fred y George del futuro, ¿verdad George? -Es verdad. Por ahora solo tenemos que preocuparnos de sacar buenas notas. George y Fred se miraron y explotaron de risa. Sí, por supuesto, como si sacar buenas notas era su máximo anhelo. Ni que fueran Percy.  Los días pasaban tranquilamente. Cuando no estaban en clase, los alumnos de Hogwarts salían a los jardines o se sentaban junto al lago. Era agradable no sentir la presión de estudiar. Fred, George y Lee fueron al campo de Quidditch, pidieron prestadas unas escobas a madame Hootch, quien les advirtió que tuvieran cuidado, pero de todas formas ella los estaría vigilando desde el suelo por si alguno caía. Los tres chicos montaron sobre sus respectivas escobas y volaron alrededor del campo. Luego de algunos minutos, la profesora llamó su atención y les pasó una de las pelotas de Quidditch, que entre los tres se lanzaban. Lee no tenía mucha coordinación entre el vuelo y tomar el balón, pero Fred y George podían hacerlo con una sincronía perfecta, como si se leyeran la mente. Al bajar a tierra firme, madame Hootch los felicitó. -Ustedes podrían aplicar para jugar el próximo año –dijo la mujer mirando a los gemelos- los bateadores de Griffyndor se gradúan este año. ¿Qué les parece? Los pelirrojos se miraron emocionados. -¡Claro que sí, profesora! ¿Ser parte del equipo de Quidditch? ¡Era casi un sueño! Ahora ambos tenían otra razón para volver al año siguiente al colegio. En las noches, mientras todos los alumnos pasaban el rato jugando ajedrez o snaps explosivos o simplemente riendo y conversando, Fred y George se escabullían de la sala común e iban a la cocina a pedirle comida a los elfos domésticos y luego volvían llenos de pasteles donde sus compañeros. Nadie sabía cómo lo hacían ni tampoco nadie preguntaba, ni siquiera Percy, aunque éste si los miraba con algo de suspicacia. Pero traer comida no era algo que fuera p*******o. A pesar de esos paseos nocturnos, no volvieron a salir por los pasadizos secretos que llevaban a Hogsmeade, ni siquiera cuando los mayores fueron a hacer su última visita al pueblo. Tampoco se acercaban al bosque p*******o, ni siquiera un poco. No, ya habían tenido suficientes aventuras, al menos por ese año. 
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