El viento en el Pico del Cuervo no solo soplaba; aullaba con una voz humana. Sara estaba tendida sobre una piedra de altar antigua, rodeada de runas que brillaban con un azul eléctrico cada vez que una contracción sacudía su cuerpo. Elara, la loba blanca, mantenía la guardia con los colmillos al aire, mientras los Segadores de la Orden ascendían por la ladera con sus trajes térmicos y rifles de pulso. —¡Ya vienen, Sara! ¡Tienes que concentrarte! —gritó Elara sobre el estruendo del trueno. Sara apretó los dientes, sintiendo que sus costillas se abrían para dar paso a una fuerza que no pertenecía a este mundo. De sus manos brotaban chispas de energía que derretían la nieve a su alrededor. —¡No dejaré que lo toquen! —rugió Sara. En ese momento, una cápsula de asalto impactó a pocos metros.

