Narra Mateo. No estaba borracho, pero sí muy achispado. Mi jefe insistió que usáramos un taxi de confianza. Había bebido demasiado whisky. Aliviaba parte del escozor que sentía cada vez que oía la risa de Megan o cuando hacía otra nueva amistad al instante. No sabía por qué me importaba ni por qué me irritaba. Estaba conquistando a la gente. Si les caía bien, eso me daría una oportunidad, porque nadie creería que una persona tan buena y amable podría enamorarse del cabrón arrogante y amante a su trabajo que yo era. Pero se equivocaban. Se mantuvo en silencio durante todo el trayecto a casa, pero no me quitó la vista de encima. Se aseguró de que bajara del auto sin problemas y me rodeó la cintura con un brazo. Cuando entramos, me ayudó a quitarme la chaqueta con gesto preocupado. Lueg

