Me temblaban las manos. Saqué el cajón del escritorio con cuidado, palpando debajo hasta encontrar el trozo de cinta aislante que sujetaba la memoria USB. La arranqué con un tirón seco y la miré un segundo: pequeña, negra, rayada, de hace diez años. Contenía todo lo que había intentado enterrar. Bajé al salón con la memoria en el puño. La TV gigante seguía allí, hoy en día anticuada, con su marco grueso y botones físicos, recuerdo de viejos y mejores tiempos cuando aún teníamos dinero y no nos importaba nada. Todo en el salón tenía ese aire decadente: sofá de piel gastada pero de buena calidad, mesa baja con marcas de vasos, lámparas de pie con bombillas de bajo consumo y no de led que ya no daban tanta luz. Todo usado de más, pero sólido. Metí la memoria en el puerto USB lateral de la T

