Me corrí dentro de su culo, empujando profundo, semen caliente llenándola, espasmos que me dejaron temblando. Salí despacio, el ano dilatado y rojo, semen goteando por sus muslos. Paramos un rato. Los dos jadeando, sudorosos, marcados. Ella se rió bajito, “joder, qué bueno”. Se levantó y me dijo:—Ven a la cocina. Necesito algo más. Fuimos desnudos por el pasillo. En la cocina, encendió el fuego de gas, puso un hierro viejo (uno de esos para marcar ganado, que papá tenía guardado en un cajón) y lo dejó calentarse al rojo vivo. Se giró hacia mí, los ojos brillantes, el cuerpo temblando de excitación. —Quiero que me marques —dijo—. Aquí —señaló el interior del muslo, cerca del coño—. Con el hierro. Quiero llevar tu marca. Me quedé helado. El hierro ya estaba rojo, el calor subiendo en on

