Cuando acabamos, Blanca se giró, me abrazó fuerte y me dijo con voz bajita: —Darte el culito ha sido mi forma de agradecerte el verano tan maravilloso que hemos pasado. Me quedé callado. Pensé que, aparte de follar unas cuantas veces, no habíamos hecho nada más. Ni conversaciones largas, ni planes, ni risas compartidas. Solo sexo rutinario en coches, en el campo, en algún reservado. Pero ella lo llamó “maravilloso”. Y yo no supe qué decir. Solo la abracé y le dije que sí, que había sido bonito. Mentira piadosa. Después del sexo en la poza, como otras veces, volvimos al coche. Blanca se vistió despacio, yo hice lo mismo. Conduje de vuelta a la casa del abuelo. Esta vez sí conversamos algo. Blanca se movió en el asiento y puso una mueca. —Según cómo me mueva siento un dolorcillo en el cu

