Nos besamos apasionadamente. No solo un beso, sin coqueteos, ni con un toque de padre e hija. No, nos besamos con un deseo intenso, nuestras bocas unidas; atraídas como un trozo de metal atraído por un electroimán recién encendido. Su pequeña mano se aprieta sobre mi polla mientras mi mano aceitada se desliza hacia abajo por su cuerpo y de regreso a su leotardo. "¿Nos vamos a la cama, princesa? Tu cuerpo increíble está poniendo a papá muy cachondo. Tengo que tenerte ahora mismo", le digo a mi hija mientras le bajo el leotardo por las caderas, dejando al descubierto su preciosa, suave, rosada y diminuta abertura. "Yo también te necesito", susurra Lexi, mirándome desde abajo con sus desesperados ojos marrones. Sin perder tiempo, me levanto del tocador y tomo en mis brazos a mi hermosa hi

