Me di cuenta de que estaba mirando las venas de sus manos, preguntándome si papá también tendría esas venas en su pene. Entonces, yo también le sonreí tímidamente. Me pasé una mano por el pelo e inhalé profundamente. —¡Roncas, papi! —Lo regañé mientras le daba un suave apretón en el bíceps para que supiera que no estaba enojado. Aunque estaba avergonzado por su erección, mis palabras le hicieron brillar la mirada con humor, y la sonrisa cálida y amable en su rostro tímido me resultó irresistible. Así que fue natural que, cuando se frotó los ojos para quitarse el sueño, me subiera al sofá con él y me sentara entre sus piernas, con la espalda contra la suya y el trasero firmemente pegado a su erección. No se lo esperaba e intentó en vano apartarme de su cuerpo. —Solo nos estamos acurrucan

