Mientras bajaba la mano sobre sus testículos, los gemidos de papá empezaron a ponerme nerviosa. Mamá estaba despierta después de todo. —No puedes estar tan sin aliento sólo por subir las escaleras —susurré, girando finalmente la cabeza para mirarlo. Los ojos de mi padre eran astutos y obscenos, y para mi vergüenza me di cuenta de que debía haber tenido una mirada bastante parecida cuando caminé frente a él en las escaleras. —Sólo estoy cansado —respondió con voz ronca y temblorosa, igualmente avergonzado. Puse mi dedo sobre sus labios mientras señalaba la puerta del dormitorio. Subí las escaleras un escalón más, mi mano se deslizó sobre su m*****o hinchado, y papá gimió de nuevo. —¡Silencio! —susurré mientras apretaba sin hacer daño. —¡Aaahh! —gimió. —¡Papá! —espeté y apreté un poco

