Tengo una erección brutal, de esas que duelen un poco, que tiran de la piel y no te dejan pensar en otra cosa. No es solo matutina; es de las que vienen con el recuerdo de la mañana anterior todavía fresco, con el olor a sexo y porro que aún flota en el aire. Al principio no sé con cuál de las dos. Sé que a las dos les encantaría que las despertara así: un roce, un beso en el cuello, una mano que baja despacio. Marta lo haría con una sonrisa perezosa y se pondría encima en dos segundos. Mari soltaría un gemido ronco y me diría “ven aquí, Carlos” antes de que yo terminara de pedir permiso. Pero elijo a Mari. Porque a Marta la tengo todos los días, en la cama, en la ducha, en la cocina. Mari está de paso, ha venido de sorpresa y se irá pronto, y por una vez que está aquí siento que tengo qu

