CAPÍTULO OCHO: FUE SOLO SEXO — Señorita Roldan —su voz sigue igual de varonil, igual de seductora—. ¿Necesita que la lleve a algún sitio? Puede tomar el ascensor privado si desea. Por unos segundos me quedo en silencio. > > >, me reprende mi fuero interno. Tiene razón. Solo soy su empleada, nada más. — Gracias, señor Gold —encuentro mi voz—. Pero tomaré el de empleados, comunes y corrientes… como yo. — Si me permite unas palabras… — No —le corto de sopetón—. Lo lamento, señor Gold, pero tengo mucho trabajo y no puedo distraerme. Le escucho maldecir por lo bajo, antes de tomar mi brazo con fuerza y arrastrame hasta el lugar que fue testigo de nuestro placer infinidad de veces. — ¿Qué está haciendo? —pregunto—. ¿Qué pretende? Para ser alguien preocupado por la opinión púb

