Capítulo 9.

386 Palabras
Con Nathan y Astrid. —Oye la verdad no me gusta verte así —dijo Nathan mientras miraba a los ojos a Astrid y observaba como lloraba, extrañamente cada lágrima hacía que Nathan se sintiese peor y su corazón se estrujara por dentro. —No quiero que me veas así —Astrid se levantó de la cama con intenciones de irse pero Nathan la tomó por la mano y acercó su mano a su pecho. —¿Lo sientes? ¿Sientes cómo palpita mí corazón? —le preguntó mirándola con una completa seguridad a los ojos. —Por supuesto, estas respirando —respondió Astrid. —Pues tú eres la razón por la cual palpita ahora eres la que me hace sentir cosas que yo nunca había sentido por más nadie —respondió mientras acariciaba su mejilla. —No quisiera verte triste y mucho menos llorando, a veces siento que es mi culpa y sí, sé que soy un completo idiota, o un niño rico mimado como me dijiste una vez, o que simplemente no soy lo que tu quizás busques, pero.... —Nathan le sonríe. —Pero quiero hacer las cosas bien por una vez en mi vida. “Nunca, nunca había visto ésta conducta en él, nunca me trató de esa forma—pensó Astrid mientras lo observaba detenidamente sin saber que responder”. —Suenas como un don juan, no sé si intentas seducirme o usarme como un juguete —ella desvía la mirada. —No tengo malas intenciones si eso piensas, aunque mis acciones demuestren lo contrario —él la coge suavemente del mentón y vuelve a hacer que lo mire. En ese momento ella simplemente se quedó sin palabras no encontraba formas para expresarse o transmitir lo que sentía en ese instante, en cierto sentido era un momento incómodo pero a la vez muy lindo y no podía negar que ese chico de ojos azules, de bella sonrisa, cabello rubio y lindo cuerpo le estaba gustando y le estaba atrayendo más todavía su forma de haber cambiado por ella, solo por intentar llegar a sus sentimientos lastimados y eso la hacía pensar que de verdad era alguien de quien se podía esperar mucho. Nathan la hizo sentir algo que nunca había sentido por alguien, algo que quizá jamás había sentido. Despejó sus dudas y se dio cuenta de que en realidad estaba siendo detenida por sus cálidas manos que decían: “Quédate”.
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