CAPÍTULO 14: EL DESPERTAR DE LOS CACHORROS Y LA CAÍDA DE LOS BLACK

2231 Palabras
El comedor del prestigioso colegio privado St. Jude’s en Manhattan era un mar de uniformes de sastre y modales refinados. Sin embargo, en la mesa del rincón, el aire se sentía denso. Los trillizos no estaban tocando sus almuerzos. Evans, Edans y Bea estaban sentados en una formación perfecta, una barrera invisible que nadie se atrevía a cruzar. Varios compañeros de clase intentaron acercarse. Un niño llamado Toby, con ganas de presumir su nuevo reloj, se detuvo a medio camino cuando Bea levantó la mirada. —Ahora no, Toby —dijo la pequeña con una voz que no tenía nada de su dulzura habitual—. Tenemos una charla de hermanos. Vete. Toby retrocedió, asustado por la frialdad en los ojos de la niña que siempre sonreía. Bea no parecía una niña de siete años; parecía una pequeña reina descartando a un súbdito. —Bien —susurró Evans, inclinándose hacia el centro de la mesa—. Empecemos el informe. Edans, ¿qué dijeron en tu clase sobre los padres? Edans, que tenía el ceño fruncido y jugaba con un tenedor como si fuera un arma, respondió con rapidez: —Le pregunté a cinco niños. Todos dicen que se parecen a sus papás en algo. A Lucas le dicen que tiene el mismo pelo. A Mark le dicen que camina igual. Todos tienen algo que es "espejo". —Yo hablé con la maestra —añadió Bea, jugando con un mechón de su cabello rubio—. Le pregunté si el color de nuestros ojos era común. Si todo el mundo podía tener estas lucecitas amarillas adentro del verde. —¿Y qué te dijo? —preguntó Evans, aguzando el oído. —Dijo que no —respondió Bea con seriedad—. Dijo que nuestro color es "exótico y extremadamente raro". Que es una mutación genética específica. Que no siempre se ve en el mundo, solo en familias muy cerradas. Evans asintió, anotando mentalmente cada palabra. —Entonces, unamos los puntos. Punto uno: el "señor raro" tiene exactamente nuestros mismos ojos. Punto dos: el abuelo Giacomo y la abuela Isabella también los tienen. Punto tres: Alessia también. Cuatro personas con la misma "mutación rara" aparecen el mismo día que mami se pone nerviosa. —Y punto cuatro —intervino Edans, golpeando la mesa con el puño—: Ayer, cuando el abuelo Robert le gritó a mami, el "señor raro" se volvió un demonio. Ningún "socio de negocios" se arriesga a ir a la cárcel por la mamá de alguien a menos que... —A menos que sea su mujer —concluyó Evans. Los tres se quedaron en silencio, asimilando la magnitud de su descubrimiento. La idea de que el hombre que habían estado investigando fuera el "viajero" que mami tanto les mencionó les provocaba una mezcla de alivio y una furia infantil abrasadora. —Si él es nuestro padre —dijo Edans con la voz quebrada por la rabia—, ¿por qué nos dejó con esos señores malos? ¿Por qué dejó que mami llorara tanto? —Mami no nos miente —dijo Bea, tratando de defender a Angelina—. Quizá él no sabía de nosotros. —Es un Vontobel, Bea —sentenció Evans—. El abuelo Silas dice que ellos lo saben todo. Si no estuvo aquí, fue porque no quiso. O porque mami lo echó. Y si mami lo echó, nosotros también lo echamos. —Exacto —asintió Edans—. No le daremos el camino fácil. Si quiere ser nuestro papá, tendrá que pedir perdón de rodillas. Y primero tiene que deshacerse de los abuelos malos. Los tres niños se miraron, sellando un pacto silencioso. Eran pequeños, sí, pero por sus venas corría la astucia de los Black y la ferocidad de los Vontobel. Eran una combinación letal. EL VESTÍBULO DE TRI-HEART: LA GRAN HUMILLACIÓN Mientras tanto, en la planta baja de la empresa, Robert Black seguía dando un espectáculo bochornoso. El personal de seguridad, siguiendo las órdenes de Demián, no lo tocaba, pero formaba un muro humano a su alrededor. —¡Es mi hija! —chillaba Robert, con el rostro rojo y las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Tengo derecho a exigirle una indemnización por habernos arruinado! ¡Esa malagradecida se revuelca en dinero mientras nosotros perdemos nuestras acciones! ¡Margaret, dile algo! —Es una vergüenza —repetía la madre de Angelina, mirando con asco a las secretarias que grababan con sus teléfonos—. ¡Deberían estar avergonzados de trabajar para una mujer que ascendió a base de favores sexuales en un crucero! De repente, el sonido del ascensor privado rompió el barullo. Las puertas de oro y cristal se abrieron y el silencio cayó sobre el vestíbulo como una losa de mármol. Alaric salió primero. No caminaba, desfilaba con la autoridad de un emperador. Su traje n***o de tres piezas estaba impecable, y su mirada... su mirada era la de un verdugo que finalmente ha recibido la orden de ejecución. Detrás de él, Demián tenía una sonrisa gélida en el rostro. Robert se quedó mudo por un segundo, pero luego, llevado por la desesperación y el ego, intentó enfrentarlo. —¡Tú! —gritó Robert—. ¡Tú eres el que nos bloqueó las cuentas! ¡Devuélveme mi dinero, mafioso de quinta! ¡Angelina es mi hija y me pertenece! Alaric se detuvo a escasos centímetros de él. La diferencia de altura era ridícula; Robert parecía un gnomo chillón frente a un titán de ébano. —¿Tu hija? —preguntó Alaric. Su voz no era alta, pero resonó en cada rincón del vestíbulo, amplificada por el silencio sepulcral—. He estado investigando un poco, Robert. He visto los registros de hace ocho años. He visto cómo la echaste a la calle, bajo la lluvia, sin un centavo, cuando ella más te necesitaba. Robert retrocedió un paso, pero Alaric lo siguió, invadiendo su espacio vital. —Aún no entiendo todos los detalles del odio que te profesa —continuó Alaric, su tono volviéndose peligrosamente suave—, pero me doy una idea muy clara. La trataste como mercancía. La humillaste. Y ahora, tienes el descaro de venir a su palacio a pedir limosna mientras la insultas frente a sus empleados. —¡Ella me debe todo! —chilló Robert, aunque su voz temblaba. Alaric soltó una carcajada que heló la sangre de los presentes. —Ella no te debe ni el aire que respiras. Pero tú... tú me debes a mí. Me debes ocho años de la vida de mi mujer. Me debes el crecimiento de mis hijos que no pude ver porque ella tuvo que huir de tu veneno. Alaric se giró hacia el jefe de seguridad. —Traigan el maletín. Un guardia se acercó con un maletín de cuero. Alaric lo abrió y sacó un fajo de billetes de un dólar. Con un movimiento lento y despreciativo, empezó a lanzárselos a la cara a Robert, uno por uno. —¿Esto es lo que quieres? —preguntaba Alaric mientras los billetes caían al suelo—. ¿Dinero? Aquí tienes para el taxi hacia la miseria. Porque desde este momento, Robert Black, ya no eres dueño ni de los zapatos que llevas puestos. He comprado tu deuda, he ejecutado tus hipotecas y he absorbido cada una de tus empresas fantasma. Estás acabado. —¡No puedes hacer eso! —gritó Margaret, intentando abalanzarse sobre Alaric, pero Demián la detuvo con un brazo de acero. —Puedo y lo he hecho —sentenció Alaric—. Y ahora, la parte que más me va a gustar. Seguridad, saquen a estos mendigos de aquí. Pero no por la puerta principal. Saquenlos por el área de carga, donde se saca la basura. Es el lugar que les corresponde. —¡Angelina! —gritó Robert mientras dos guardias gigantes lo tomaban por los sobacos, levantándolo del suelo—. ¡Angelina, ayúdame! Angelina apareció en la barandilla del segundo piso, observando la escena. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos estaban secos. No había rastro de la niña que lloraba bajo la lluvia. —Ya escuchaste al señor Vontobel, padre —dijo Angelina con una voz clara y gélida—. En esta empresa no se acepta basura. Seguridad, cumplan la orden. Alaric observó cómo las puertas de metal se cerraban tras los Black. El silencio en el vestíbulo de Tri-Heart Empire era absoluto, roto solo por el susurro de los empleados que aún no podían creer lo que habían presenciado. Alaric subió las escaleras hacia donde Angelina estaba apoyada en la barandilla, pálida pero firme. —Se acabó, ángel —susurró Alaric, tomando su mano fría—. Ya no pueden tocarte. Angelina miró hacia el vacío por donde sus padres habían desaparecido. El verlos reducidos a nada por la mano de Alaric disparó un recuerdo que la hizo tambalearse. No fue la caída de ellos lo que vino a su mente, sino el momento en que ella tuvo que levantarse desde las cenizas. FLASHBACK: EL MILAGRO Y EL TORMENTO (HACE 8 AÑOS) Después de aquella noche bajo la lluvia en el motel, Angelina estaba en una pequeña clínica privada. El abuelo Silas estaba a su lado, sosteniendo su mano con una fuerza inquebrantable. El médico movía el transductor de la ecografía sobre el vientre ya prominente de Angelina. —¿Escuchan eso? —preguntó el doctor. Un latido rápido inundó la sala. Luego otro. Y luego un tercero, más tenue pero firme. Angelina sintió que el mundo giraba. —¿Tres? —preguntó ella, con la voz quebrada por el pánico—. Doctor, ¿me está diciendo que son tres? Comenzó a llorar sin consuelo. Esperaba uno, quizá estaba preparada para enfrentar la maternidad soltera de un bebé, ¡pero jamás tres! El peso de la responsabilidad la golpeó como un mazo. Tres bocas que alimentar, tres vidas que proteger del veneno de su padre. —No llores, pequeña —dijo Silas, entregándole un sobre de cuero grueso—. Ábrelo. Con manos temblorosas, Angelina sacó los documentos. Sus ojos se abrieron de par en par al ver una cifra astronómica, una suma que podría comprar medio Manhattan. —Abuelo, no puedo aceptar esto... es demasiado dinero —sollozó ella. —No es mío, Angelina. Es tuyo —sentenció Silas con seriedad—. Es la herencia que te dejó tu abuela materna. Tus hermanos, Sienna y Thiago, también tienen sus partes. Tu padre quería casarte con ese inútil de Víctor porque, por contrato, todo este dinero pasaría a manos de tu esposo y, por ende, al control de Robert. Te echó porque al "arruinarte", pensó que habías arruinado su acceso a esta fortuna. Pero se equivocó. El fideicomiso es claro: se activa cuando seas madre o cumplas treinta. Angelina miró el dinero, no con codicia, sino con la determinación de una guerrera. —Te devolveré el doble, abuelo. Te lo juro. Con esto levantaré mi propio imperio. —Ya no estás sola, hermana —dijo la voz de Thiago desde la puerta. Él y Sienna entraron a la habitación. Se habían rebelado finalmente contra Robert para estar con ella—. Nosotros te ayudaremos. Yo me encargaré de la seguridad y Sienna de la parte legal. Empezaremos desde cero, pero seremos invencibles. Y así nació Tri-Heart Empire. Pero el camino fue un calvario físico. El embarazo de trillizos trataba a Angelina con una crueldad indescriptible. Durante los siguientes meses, no podía retener ni un vaso de agua; las náuseas eran constantes y violentas. Tuvo que dejar la incipiente empresa en manos de sus hermanos mientras ella permanecía postrada. Su vientre creció hasta niveles alarmantes. Su piel de porcelana se estiraba hasta doler, y llegó un punto en que su espalda sentía que se abría en dos. No podía caminar, apenas podía respirar sin sentir que sus costillas cedían ante el peso de los tres herederos de Alaric Vontobel. Pasaba las noches llorando de dolor, preguntándose si su cuerpo resistiría. —Aguanta, mami —se susurraba a sí misma en la oscuridad de su habitación—, pronto nacerán y nadie podrá hacernos daño. PRESENTE Alaric levantó la mirada hacia Angelina. El fuego de su ira se transformó en una posesión absoluta. Subió las escaleras de dos en dos hasta quedar frente a ella. —¿Estás bien? —preguntó él, su mano buscando su mejilla. Angelina asintió, aunque el corazón le latía con fuerza. —Fue... fue duro de ver. Pero necesario. Gracias, Alaric. —No me agradezcas —susurró él, acercándose tanto que sus respiraciones se mezclaron—. He empezado a arruinarlos, pero no me detendré hasta que entiendan que tocarte a ti es tocar el fin del mundo. En ese momento, el teléfono de Angelina vibró. Era un mensaje del colegio. "Señora Black, sus hijos han solicitado una reunión privada conmigo para discutir 'temas de herencia genética'. Dicen que tienen conclusiones importantes que compartir. ¿Podría venir?" Angelina leyó el mensaje y se le escapó un jadeo. Miró a Alaric con pánico. —Los niños... —susurró—. Lo saben. Mis demonios han unido los puntos. Alaric sonrió, una sonrisa llena de orgullo y peligro. —Parece que mis cachorros son más inteligentes de lo que pensamos. Es hora de enfrentar la verdad, Angelina. Juntos.
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