CAPÍTULO 8: CACHORROS DE TIGRE Y PROMESAS ROTAS

1210 Palabras
El aire en el despacho de Angelina seguía cargado de una tensión eléctrica tras las palabras de Alaric. Él la tenía acorralada contra el cristal, su mano grande y posesiva descansando en su cadera, cuando el sonido de unas risas infantiles y pasos rápidos en el pasillo rompió el hechizo. —¡Mami! ¡Mira lo que dibujamos para el abuelo! —La voz dulce de Bea resonó justo antes de que la puerta se abriera. Alaric se separó de Angelina lo justo para no parecer una amenaza, pero no lo suficiente para dejar de reclamar su espacio. Los trillizos entraron en tropel. Bea, con sus rizos rubios saltando y sus ojos de tigre brillando de emoción, se detuvo en seco al ver al gigante de traje gris frente a su madre. Detrás de ella, Evans y Edans reaccionaron como resortes. A pesar de tener solo siete años, los dos niños se posicionaron de inmediato frente a su hermana y su madre, formando una barrera humana. Evans, el estratega, entrecerró sus ojos verdes —idénticos a los de Alaric— y cruzó los brazos con una seriedad que habría hecho temblar a un ejército. —¿Quién es este, mami? —preguntó Edans, con los puños cerrados y el mentón en alto, desafiando a Alaric. —Hola, pequeños —dijo Alaric, y por primera vez, su voz de acero se suavizó con un matiz de asombro y dolor contenido—. Soy... un socio de su madre. Bea, menos desconfiada y movida por una curiosidad innata, intentó asomarse por detrás de sus hermanos. —Mami, ¿él es el señor que está de viaje? —preguntó con una inocencia que le partió el alma a Angelina. Los niños creían que su padre era un explorador que siempre estaba en "misiones secretas". —No, Bea, él es... —Angelina buscó las palabras, pero Alaric se agachó para quedar a la altura de los niños. Evans dio un paso adelante, bloqueando la visión de Alaric hacia Bea. —No la toques —sentenció el niño con una frialdad que hizo que Alaric sonriera con orgullo. "Es igual a mí", pensó el Capo. —Es muy valiente proteger a tu hermana —dijo Alaric, mirando a Evans a los ojos—. Me gusta eso. Los hombres de verdad siempre cuidan de sus mujeres. MIENTRAS TANTO: EL DESPACHO DEL PATRIARCA En el piso de abajo, la calma se había roto. Thiago entró al despacho de Silas como un huracán, lanzando su tablet sobre la mesa. —¡¿Cómo pudiste darle una oficina en este edificio?! —rugió Thiago, con las venas del cuello marcadas—. Has pasado por encima de la autoridad de Angelina. Ella no lo quiere cerca, ¡y tú le das las llaves de la casa! Silas permaneció sentado, con la calma de un rey que ha visto caer imperios. —Siéntate, Thiago. Sé lo que hago. —¡No puedo creerlo! —continuó el hermano, caminando de un lado a otro—. Ese hombre es un desconocido. Yo debería estar cuidando ese lugar, no un mafioso italiano que apareció de la nada. —No es un desconocido, Thiago —Silas lo miró fijamente—. Se la comió enterita hace ocho años y ella bien gustosa. Así que no me vengas con cuentos. Aunque te duela, es el padre de esos niños. ¿Que por qué no apareció antes? Porque tu hermana decidió que "se cuidaban". —¿Y tú confías en él? —Thiago golpeó el escritorio—. ¡Parece un enfermo! La mira como si quisiera poseerla, como si fuera su propiedad. —Ese "enfermo" Thiago—dijo Silas, subiendo el tono y usando el nombre de su nieto para silenciarlo—, ese enfermo mataría por tu hermana. Es tan posesivo que te mataría a ti, que eres su hermano, si le hicieras daño. Ese hombre quemaría el mundo por ella porque así son los Vontobel. Y esa es la clase de hombre que ella eligió. Ella supo desde la primera mirada en ese barco lo que él era. Ahora que no se queje. Es mi última palabra, Thiago. Thiago se quedó mudo. Cuando Silas usaba ese tono, la discusión terminaba. En ese momento, Sienna entró con su elegancia habitual, rompiendo la tensión. —¿Qué le hiciste a mi viejito lindo? —dijo Sienna, ignorando a su hermano y besando la frente de Silas. —Tu hermano, que quiere jugar a ser el guardaespaldas moral... —rio ella, abrazando al abuelo — Ya deja de molestar, Thiago. Angelina está feliz de tener a semejante hombre detrás de ella. Aunque no lo diga, la conozco... Apuesto a que no aguanta la semana sin besarlo. Ese hombre la deja loca. Silas soltó una carcajada profunda. —Ves, a eso me refiero. —Como digan —gruñó Thiago, rindiéndose—. Solo no quiero que sufra de nuevo. —No lo hará —sentenció Silas—. Confía en mí. FLASHBACK: LA ÚLTIMA NOCHE (EL ADIÓS DE FUEGO) De vuelta en el despacho de Angelina, Alaric rozó accidentalmente la mano de Evans, y el contacto disparó el recuerdo de la última noche en el crucero. La noche antes de que ella desapareciera. La suite imperial estaba sumida en una penumbra lujosa, iluminada solo por la luna que se reflejaba en el mar calmo. El aire olía a la inminente despedida, aunque ellos no lo dijeran. Alaric la tomó con una desesperación que bordeaba la locura. La llevó a la cama y la desvistió con una lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel que descubría. La habitación, decorada con maderas oscuras y terciopelo azul, parecía un santuario. —No te vayas nunca —le susurró él, aunque sabía que el viaje terminaba. La puso de rodillas sobre las sábanas de seda, acariciando sus caderas con una posesión salvaje antes de entrar en ella con una estocada que la hizo gritar de placer y melancolía. Se movían en una sincronía perfecta, "comiéndose" mutuamente, como si quisieran grabarse en el ADN del otro. Angelina se giró, buscando sus labios, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura mientras él la alzaba, aplastándola contra su pecho sólido. La acarició con una devoción que ella nunca olvidaría: sus dedos delineando su columna, sus labios succionando su cuello, dejando marcas que tardarían días en borrarse. Fue una noche de poses, de exploración furiosa, de gemidos que se mezclaban con el sonido del motor del barco. Hicieron el amor hasta que el sol empezó a asomarse, agotados y marcados. PRESENTE Alaric se puso de pie, alejándose de los niños para no asustarlos más, pero sus ojos brillaban con la misma intensidad de esa última noche. —Mami, ¿él se va a quedar? —preguntó Bea, acercándose a Angelina y abrazándole la pierna. Angelina miró a Alaric. Él le sostuvo la mirada, una promesa silenciosa de que esta vez, nadie huiría al amanecer. —Se quedará un tiempo por negocios, Bea —respondió Angelina con la voz temblorosa. —Bien —dijo Evans, sin bajar la guardia—. Pero yo lo vigilo. Alaric soltó una carcajada genuina, mirando a su hijo. —Me parece justo, pequeño guerrero. Me parece muy justo.
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