El helicóptero privado de los Vontobel se alejó, dejando tras de sí un silencio absoluto que solo era interrumpido por el suave siseo del viento entre los olivos plateados. Alaric y Angelina estaban finalmente solos. Sin escoltas a la vista (aunque Angelina sabía que había un perímetro de seguridad invisible a kilómetros de distancia), sin niños corriendo por los pasillos y sin el peso de las coronas de sus respectivos imperios. Alaric tomó la mano de su esposa y la guio hacia la entrada de la villa. Era una estructura de piedra blanca y cristal que parecía flotar sobre el acantilado. —Bienvenida a casa, Sra. Vontobel —susurró Alaric, su voz vibrando con una posesividad que ya no tenía que esconder—. Esta isla no existe en los mapas civiles. Aquí, el tiempo se detiene. Solo existimos tú

