—¿Por qué...? —comenzó Roberta una pregunta, pero, siendo franca, no sabía qué era lo que necesitaba saber, o lo que quería saber, así que solo sopló lento el aire de sus pulmones para darse calma y poner orden en su cabeza. Pero no necesitó preguntar más, Roberto iba muy preparado para que a ella no le quedara duda alguna de quien era y de las buenas intenciones que tenía él hacia ella porque, definitivamente, en esos años que fue su hija, aunque con una falsa identidad, había aprendido a amarla demasiado. —¿Por qué no te lo dije? —preguntó el hombre y la chica asintió, esa parecía ser una buena pregunta para iniciar—. Yo te lo dije muchas veces, pero nunca me creíste. Ante esas palabras, la joven recordó que, siempre que ese hombre la mencionó como su hija, no había dicho el nom

