—Hola —dijo la joven cuando la puerta que había tocado le fue abierta sin demora, y luego sonrió tan lamentablemente que a quien la miraba no le quedó más que abrazarla para contener los pedazos que se desprendían de ella. Roberta, como él la conocía, se veía completamente rota, de verdad parecía estarse despedazando, así que Manuel se enterneció y renació en él la necesidad de protegerla, esa necesidad que siempre que la veía le brotaba en el corazón. —¿Por qué abrazas a mi mami? —preguntó un niño de cuatro años, extrañado por ver a un desconocido rodeando a su madre, una que lloraba, a pesar de que él no lo había notado. —¿Mami? —cuestionó el hombre y Roberta, separándose de él, recobró la compostura tras aclarar su garganta, entonces miró a su hijo con una enorme sonrisa mientras

