De pronto, un ruido de pasos resonó en el pasillo, acompañado de lamentos exagerados y sollozos teatrales. Alayna miró hacia ellos con impaciencia. Chelsea y Sofía aparecieron tropezando. Sofía lloraba con tanto dramatismo que parecía a punto de desmayarse; una de sus manos temblaba en el aire como si tuviera Parkinson. —¡Brook, Brook! —gritaba con voz desgarrada—. ¿Cómo puedes estar así de repente? Chelsea, con los ojos enrojecidos, la sostenía y consolaba: —Mamá, tranquilízate, papá estará bien. No llores más, no te pongas así—. —¡Siempre le dije que debía hospitalizarse antes y nunca me hizo caso! Si no hubiera estado internado ahora, quizá se habría desplomado solo en casa… Brook, no puedes dejarnos. No puedo vivir sin ti… —Mamá…— Alayna, sujetándose la frente, casi vomitó de la

