Cuando nuestros labios se apartaron, casi a regañadientes, noté que Wyatt me tenía sujeta desde la cintura con sus dos manos, presionando mi piel con firmeza, como si pensara que en algún momento podría irme. Entonces también noté a los camarógrafos que nos lanzaban fotos con sus flashes a diestra y siniestra. Hasta ese instante comprendí lo que hice, mi imprudente osadía. —Lo siento…—susurré, sintiendo que se drenaba de mí la audacia con la que llegué hasta aquí para robarle un beso—. Quizá debería… —Quizá deberías guardar silencio por un momento—me interrumpió, con sus acaramelada e intensa mirada sobre mi—. Comprende que ya no hay vuelta atrás, Sydney. Te quedarás conmigo siempre, yo no te dejaré ir y tú no vas a huir ni a dudar. No puedes opinar ni siquiera sobre el hecho de que te

