Excusas

1552 Palabras
Intentaban disimular, pero a veces la impaciencia y el deseo no se puede esconder. Cada vez inventaban más excusas, dolor de estómago, analíticas, hemorragias… Pasaron las semanas envueltos en esa nube en la que no existía lo bueno, ni lo malo, solo ellos dos, los minutos dejaron de ser suficiente, cada día separado del otro era una agonía. Marta no paraba de preguntarse por qué se había enamorado de un preso, no parecía mala persona pero según la ley si lo era, aunque estaba confundida lo necesitaba. Llegó a la consulta, se disponía a coger su bata cuando el médico la paró, —Tenemos que hablar.—le dijo señalando hacía su despacho. Entró delante de él, no imaginaba que iba a decirle. —Marta, no se cómo decir esto para que no suene mal…—empezó el medico mientras buscaba las palabras adecuadas—. Tu compañera te ha acusado con el director por…— volvió a parar—. Acostarte con un preso, ¿Es eso cierto? —preguntó preocupado. Marta había sido muy útil para él y nadie lo lamentaría más. —Es cierto. —confirmó, no iba a mentir, no le gustaba hacerlo, sabía lo que vendría después y estaba dispuesta a aceptarlo, pero no negaría su amor por Ignacio. —¿Pero, porqué?, ¿Te a amenazado?—intentaba sacarla de ese lío, tampoco podía creer que su dulce subordinada hubiese hecho tal cosa. —No, lo hice porque quería hacerlo, porque me enamoré.—se sinceró con él. El médico comprensivo le cogió una mano, —Si alguna vez necesitas algo, sabes que puedes seguir contando conmigo.—él sabía que era buena chica y maldijo al hombre que la había engañado. Fue llevada al despacho del director donde estaba la otra enfermera. —¡Eres una cualquiera, revolcarse con un preso…! —le dijo esta con desprecio. Marta se imaginó que si alguien la acusaba sería ella, no la pilló por sorpresa, siempre fingiendo humildad y era una víbora, no se molestó en responderle, el director corroboró la acusación la cuál acepto, fue despedida con efecto inmediato, ni siquiera podía avisarle a Ignacio. Llegó a su casa agotada, anímicamente más que físicamente, sus padres le preguntaron, aunque ya era mayor edad muchas veces la trataban como a una niña, ella pensó que sería mejor omitir la verdad, se excusó diciendo que había cometido un error, sin dar más explicaciones, subió a su habitación y soltó todo lo que llevaba dentro con un mar de lágrimas. Ignacio esperaba impaciente verla, hoy era el día acordado, inventó una gripe y pidió a los guardias que lo llevasen a la enfermería para pedir un antigripal, al llegar no vio a Marta por ninguna parte, solo estaba la otra enfermera mayor y sería, le pidió el antigripal sin hacer preguntas que lo delatara y volvió a su celda. La enfermera cuando lo vio marcharse con tristeza y confuso, puso una sonrisa de satisfacción, contenta de que le había afectado, “así aprenderás donde está tu sitio animal”, pensó. No pudo dormir en toda la noche, se lo contó a Josué por la mañana. ¿Estaría enferma?, ¿Le habría pasado algo?, lo tenía que averiguar. —Déjame a mi, conozco un par de guardias.—le dijo mientras salía sin esperar una respuesta, volvió unos minutos más tarde. —¿Y?, ¿Averiguaste algo? —preguntó impaciente. —Si, la han despedido, lo siento amigo—le contó Josué mientras le daba una palmada en la espalda. Ignacio se puso colérico, solo había un motivo por el que podía hacer pasado, alguien se había enterado de su relación, se culpó por estúpido y egoísta, ahora no volvería a verla, solo sabía su nombre y allí encerrado poco podía hacer para encontrarla. Los días se volvieron todavía más grises y pesados, tenía que lidiar con el encierro y su ausencia, no poder mirarla lo desesperaba, lo llamaron por el megáfono, día de visitas, imaginó que serían sus padres, al llegar la vio, tranquila y con una sonrisa, no podía creer que estuviese allí, por él. Marta se levantó al verlo con el corazón desbocado por la alegría de tenerlo tan cerca. —¡Has venido!—dijo Ignacio con evidente asombro y ojos brillantes. —Quería verte.—dijo sincera. Sabían que no podían abrazarse y se sentaron, apenas hablaron, no lo necesitaban, sus miradas ya decían todo. —Siento lo de tu trabajo —se disculpó él sintiéndose culpable. —No es tu culpa, no importa ya buscaré otro trabajo. —sonrió Marta. Pasados unos minutos el horario de visitas terminó, se pusieron de pie y se acercaron sin poder tocarse, pero rompiendo la distancia sin poder reprimir las ganas de tocarse, sentirse... —Me gustaría estar a solas contigo.— dijo Ignacio con ojos brillantes, Marta sonrío y se acercó un poco más. —Entonces pídeme que sea tu novia. Se ruborizó. Una mueca triste se vislumbró en la cara del hombre. —No puedo hacerte eso Marta, no mientras esté en la cárcel, eres joven y…—no pudo acabar la frase porque rompiendo las normas nuevamente, lo besó. —¡Es mi vida, y yo quiero vivirla disfrutando de ti!, ¡Aunque solo sea un momento! Una lágrima calló por la mejilla de Marta, él la limpio con sus labios. —¡Distancia, vamos! —un guardia les aviso mientras ponía una porra entre ellos para poner distancia. —Perdón.—dijo Marta al guardia. —¿No puedo ni dar un beso a mi novia?—le preguntó Ignacio sin mirarlo a él, solo miraba a la chica, el brillo de su mirada le dijo que acababa de hacerla muy feliz. —Lo siento tortolitos, pero ya conocéis las normas.—les informó el guardia señalando el cartel donde estaba marcada la distancia entre presos y visitantes. —¡Vamos, se acabó el tiempo de visita!—les informó. —¡La próxima vez estaremos solos! —prometió Marta a Ignacio mientras él volvía dentro. Mientras salía de la cárcel averiguo lo necesario para poder solicitar un vis a vis. Pasaron un par de semanas, la impaciencia de ambos apenas los había dejado dormir, Marta estaba muy nerviosa, como si fuera la primera vez que estaba sola con él, aunque en cierto modo, así era, siempre habían tenido el tiempo muy limitado y guardias en la puerta. Se puso un vestido bonito y se dejó el pelo suelto, el autobús que la llevaba a la cárcel ya no era como el que la llevaba a trabajar, este estaba lleno de mujeres, que al igual que ella se habían arreglado para sus parejas o esposos, ilusionadas por estar de una manera más íntima con ellos, hablaban entre ellas y había de todas las edades, chicas jóvenes y mujeres más mayores , pero en ese momento todas tenían algo en común, el amor, el brillo en sus ojos y el rubor en las mejillas porque sabían que iban a hacer el amor, ese autobús no era un secreto para nadie. Entró acostumbrada ya a los registros, pensó que sentiría más vergüenza por ir a ese lado de la cárcel, pero no fue así, nadie hizo ningún comentario al respecto y su ilusión se mantenía viva, la acompañaron a una habitación y esperó sentada en la cama, Ignacio tardó unos minutos en entrar, la miró desde la puerta que cerraron tras de él, inmóvil pensando que parecía un sueño. —¿No vas a darme un beso?—le preguntó Marta rompiendo su pensamiento. Él se acercó rápido sin decir nada y la besó con toda la pasión que tenía reservada, al hacerlo la tumbó en la cama con delicadeza, no podía parar de gozar sus labios, con una mano acariciaba su cuello, después bajó a sus piernas deseoso, la masajeaba desde el muslo al trasero levantándolo. —Quiero hacerte el amor.—dijo ronco. Marta sonrío, cogió su mano y la guío a su entrepierna, ese acto lo volvió loco, tocó por encima de las braguitas provocando un gemido de la chica, apartó la prenda por un lado e introdujo sus dedos, mojada recibió sus caricias, cada sonido de placer que recibía de su garganta lo desesperaba más, se puso de pie y se quitó la ropa mientras ella lo admiraba. Se tumbó encima introduciendo su m*****o en ella, se apoyo con un brazo en la cama mientras con la mano sobrante desabrochaba el vestido por delante, no llevaba sujetador y excitado la penetró más fuerte, deseaba saciarse de su cuerpo, así que sacó el m*****o y empezó a comerle las tetas, no era de un modo romántico, era excitante, urgente. Marta le acariciaba la cabeza mientras sentía en sus pezones sensibles la lengua de Ignacio, llegó a sentir que le dolían ligeramente de tanto estimularlos, un dolor placentero, él los observó satisfecho, salientes, duros y mojados, la colocó de espaldas a él a cuatro en la cama, y sin poder resistir más volvió a hundirse en su feminidad, la embestidas ya no eran pacientes ni dulces, eran fuertes y desesperadas, las manos de Marta se sujetaban fuerte a las sábanas mientras gemía al sentir como entraba en ella, una, otra y otra vez …
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