POV Mateo. Mateo Cifuentes no recordaba la última vez que había logrado levantarse del suelo. El tiempo se había vuelto un concepto borroso, difuso, irrelevante, lo único que sentía era el peso constante del vacío, ese que se le había instalado en el pecho desde que su mundo se desmoronó sin advertencia. El frío de la madera ya no era solo una sensación en la piel, sino un castigo perpetuo. Se había aferrado a él como una penitencia silenciosa, marcando cada músculo adormecido, pero Mateo no reaccionaba. Estaba allí, sentado, hundido junto a la pequeña cama de su hija, como si pudiera absorber algo de su calor en esas cobijas rosadas que aún conservaban el olor tenue a colonia infantil y promesas rotas. Esa cama, la misma que Victoria había convertido en fue

