Perdóname, mi amor.

1289 Palabras
El silencio que quedó en casa era tan absoluto que casi dolía. Mateo seguía de pie frente a la puerta cerrada, inmóvil, con la espalda ligeramente encorvada, como si el peso de lo que acababa de suceder lo aplastara por dentro, sofocándolo con una mezcla de incredulidad y rabia muda. La imagen de los cinco autos de lujo alejándose con Sandra a bordo ardía en su retina como un mal sueño que se repetía con crueldad. No importaba cuántas veces parpadeara, seguía allí, clavada en su mente. Y sin embargo, no era un sueño, era una despedida real, brutal, definitiva. Estaba solo, abandonado, rodeado por el eco sordo de una casa que ya no le pertenecía, ni en recuerdos ni en alma, porque hasta los fantasmas parecían haberse ido con ella y con Vicky, dejando tras de sí una quietud asfixiante. El primer golpe llegó sin aviso, como una respuesta primitiva de un cuerpo que ya no encontraba otra forma de expresar el dolor. Su puño impactó contra la pared con una violencia desesperada, arrancándole la piel de los nudillos hasta que la sangre brotó tiñendo la pintura de un rojo que parecía gritar. Luego vino otro golpe, y otro más, como si con cada impacto intentara silenciar el grito ensordecedor que se desataba dentro de él, buscando una forma de sacar lo que no sabía cómo decir. Las lágrimas, esas traicioneras que se habían negado a aparecer, lo vencieron al fin, estallando desde su pecho con una fuerza que lo sacudió entero, como si el alma se le partiera en dos sin remedio. Subió tambaleante las escaleras, apoyándose en la baranda, arrastrando los pies como un condenado camino al cadalso. Cada peldaño era una sentencia, un eco de todo lo que había perdido, una culpa tatuada en su cuerpo. La casa entera olía a ausencia, a abandono, a un amor que había sido devorado por el egoísmo y la culpa. Entró en la habitación que alguna vez había compartido con Sandra y se detuvo justo en el umbral, con la mirada perdida en ese lugar que aún olía a ella. El perfume tenue de su lado del armario, la cama hecha con precisión, las cortinas ligeramente abiertas dejando pasar una luz que lo golpeaba sin piedad. Sus ojos recorrieron cada objeto como si le doliera respirar, como si el orden de aquel cuarto fuera una ofensa ante el caos que llevaba dentro. Tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. Se acercó al velador, estiró la mano temblorosa hacia la lámpara y, por unos segundos, dudó. Pero entonces el recuerdo de Victoria lo golpeó como un relámpago en plena noche, y todo lo demás se desdibujó. La culpa lo atravesó como un cuchillo mal enterrado. Y entonces, con un grito mudo, la arrojó contra el suelo, haciendo que el cristal estallara en mil fragmentos. Apenas sin dejar espacio para procesar lo que acababa de hacer, tomó el portarretrato que descansaba sobre la cómoda y lo sostuvo un momento entre las manos, viendo esa imagen detenida en el tiempo. Él y Sandra abrazados en la universidad, sonrientes, felices, ignorando por completo el huracán que se avecinaba. Su pulgar rozó la mejilla de ella en la fotografía, y por un instante, le pareció que podía oír su risa. Fue ese eco lo que terminó de derrumbarlo. Con un rugido de impotencia, estrelló el portarretrato contra la pared. El marco se partió y el vidrio estalló, haciendo que la sonrisa de Sandra se hiciera añicos. Los pedazos cayeron sobre la alfombra con la misma precisión cruel con la que se desmoronaba su vida: lenta, inevitable, devastadora. —¡Maldita sea! —rugió con la voz quebrada, mientras caía de rodillas frente a la cama ahora revuelta. Hundió el rostro entre las manos, sollozando con violencia, sin reservas, sin dignidad. Allí, entre espasmos y lamentos, comenzaron a llover los recuerdos como cuchillas afiladas contra la carne viva de su conciencia. La había amado más de lo que jamás admitiría, ni siquiera a sí mismo. Recordó cuando eran jóvenes y solo tenían sueños, promesas y una fe ingenua en el futuro. Cuando Sandra se sentaba en el borde de su escritorio mientras él estudiaba, pasándole los dedos por el cabello solo para molestarlo con ternura, como si ese roce le robara la concentración pero también le anclara el corazón. Recordó aquella noche bajo la lluvia, cuando ella, empapada y feliz, le había dicho al oído. —Eres mi mundo. Y lo fue. Él lo fue todo. Su norte, su hogar, su razón, su único refugio en medio de todo. Hasta que apareció Miranda. Perfecta. Frágil. Enferma. Condenada. Miranda, la mujer que lo atrapó entre la culpa y la compasión, esa trampa disfrazada de necesidad. Y él, cobarde, había caído de lleno en la mayor traición de su vida. Recordó el día en que, sin escrúpulos, le suplicó a Sandra algo que ningún exnovio debería atreverse a pedir. —Miranda necesita un riñón. Tú eres compatible… por favor. Y Sandra, rota pero de pie, había respondido sin pestañear. —Solo si te casas conmigo. Él había aceptado, sin entender que aquel matrimonio sería su salvación aparente... y también su condena. Una cuerda al cuello que él mismo había anudado. Luego llegó Victoria. Aquella niña con ojos de luz que trajo risas a una casa infestada de sombras. Aquella hija que unía lo que ya estaba roto. Aquella niña que creía que su padre era un héroe... hasta que la decepción la mató. No de golpe, no con crueldad evidente. Sino lentamente, como un veneno que se bebe en sorbos pequeños y que, un día, simplemente detiene el corazón sin aviso. Mateo soltó un gemido que no parecía humano. Se arrastró hasta la habitación de su hija, empujó la puerta con la frente y se detuvo en seco al ver el unicornio de peluche sobre la cama, la mantita con su nombre bordado, una hoja de dibujos infantiles aún pegada a la pared. Un dibujo donde Vicky estaba junto a su mamá, con el mar de fondo. Y él ausente. Ni siquiera una sombra de su figura aparecía en la escena, como si su hija ya supiera que él no estaría allí. Un sollozo lo dobló en dos. Se dejó caer al piso, abrazando el peluche con una desesperación animal, como si al apretarlo pudiera revivirla. Como si pudiese, de algún modo, volver el tiempo atrás y salvarla de su propia ausencia, y haber hecho más por ella que por Miranda. Tal vez estaría viva... —Perdóname, mi amor… —murmuró entre jadeos, sintiendo que el alma se le vaciaba por la boca—. Perdóname, por favor… no merecías esto. Entonces, la vibración de su celular rompió el instante como un cuchillo helado que cortó la piel de la realidad. Parpadeó, desconcertado, y se secó el rostro con la manga de la camisa. Miranda. Contempló su nombre en la pantalla como si fuera una burla escrita por el destino, una ironía macabra que lo escupía en la cara. La mujer por la que lo había perdido todo, por la que había destrozado a su esposa y enterrado a su hija. El teléfono vibraba con insistencia. Y él, con la mano aún temblorosa, deslizó el dedo por la pantalla. —Mateo, amor... ¿dónde estás? Te estoy esperando en casa, no me siento bien. ¿Ya llevaste a Victoria al mar? Vuelve pronto, te necesito. Su voz, dulce, fingida, innecesariamente suave, se coló por el auricular como un veneno perfumado. Le atravesó el pecho sin compasión, con la precisión de una daga, como una cicatriz que volvía a abrirse. Y por primera vez... Mateo sintió asco. No por Miranda. Por él mismo.
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