A la mañana siguiente, todo parecía normal entre los dos. Tanto Madison como Ethan habían despertado temprano con la costumbre de que debían ir a la oficina. Se les había olvidado que era sábado. Los fines de semana para él eran sagrados, de merecido descanso. Él fue quien preparó el desayuno esa mañana para consentirla. Ella solo lo contemplaba admirada. —¿Quieres ver alguna película? O no sé. Cuestionó Madison queriendo cambiar el tema de conversación. —¿Por qué no mejor seguimos conversando? — inquirió—. Digo, podemos hablar de muchas cosas. —Sí, es verdad. —¿Te ocurre algo? —preguntó extrañado. —Para nada, todo está perfecto. La franelilla le quedaba ajustada al cuerpo. Era inevitable para Madison mirar sus pectorales de vez en cuando. Pero él tampoco fue muy disimulado. En un

