En mi anterior relato os conté el placer de unas miradas indiscretas, un juego de miradas furtivas que provocaban y encendían mis más íntimos deseos. Me encantaba sentir la mirada de deseo de los hombres y me daba mucho morbo cuando salía de casa vestida con cortas minifalditas sin ropita interior. Por aquel entonces y aunque estaba divorciada, todavía compartía el piso con mi exmarido y cuando me veía así vestida, me decía que parecía una fulana. Yo le hacía oídos sordos pues ya no me importaba nada lo que pudiera pensar. Hacía tiempo que me había dejado de importar lo que pensara, me sentía liberada y solo deseaba disfrutar de mi libertad. Sabía que él nunca lo entendería, también sabía que, en el fondo, seguía suspirando porque algún día regresara a su lado. Su rutina era el trabajo

