10. ¿Por qué no me quieres?.

2403 Palabras
Nath Me quedé ahí, de rodillas, mirando el suelo cubierto de ropa. Nada. No quedaba nada. Solo yo, con las manos vacías, el pecho ardiendo y esa sensación maldita de que el mundo se empeñaba en recordarme que no merecía tener nada propio. Me levanté con torpeza, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano. Mi cuerpo temblaba, la cabeza me dolía. —Mamá... —susurré entre dientes mientras salía del cuarto. El sonido de la televisión me guió hasta la sala. Ella estaba ahí, sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas y una taza de té en la mano. Como si nada pasara. Como si no acabara de quitarme el último pedazo de esperanza que tenía. —¿Dónde está mi dinero? —pregunté desde la puerta. Ella no se inmutó. Ni siquiera giró el rostro hacia mí. —¿Qué dinero? —El que tenía guardado en mi armario. —No se de que hablas —murmuró. —Se que tu lo tomaste, tenia un dinero... —agarre aire para seguir— sabes perfectamente de que dinero hablo. —Ah, eso —respondió con un tono tranquilo, casi condescendiente— Lo necesitábamos. Tu hermana tenía que pagar unos medicamentos y la cuenta de luz estaba vencida. —¿“Lo necesitábamos”? —solté una risa sin humor— Tú. Siempre tú. —¡No me hables así! —me cortó, girándose para mirarme con esos ojos fríos que tanto conocía— soy tu madre Nathalie, muéstrame respeto. —¿Respeto? —mi voz se quebró— Soy yo quien mantiene a esta familia, es por mi que tenemos que comer y se te olvida siempre de dejar algo para mi. Tu no valoras mis sacrificios mamá. El silencio se volvió espeso. —Nunca te pedí que hicieras eso —dijo con voz baja. —No —repliqué con frialdad—. Pero siempre me has manipulado a tu antojo. Nunca te importó lo que hacía, porque mientras las facturas se pagaban y Natasha seguía bien, todo te parecía perfecto. —¡No metas a tu hermana! —gritó. —¿Por qué no? —di un paso adelante—. ¿Porque es tu favorita? ¿Porque nunca la haces responsable de nada? Yo me partí el alma por ustedes y tú ni siquiera lo tomas en cuenta. Mamá se levantó, con los ojos brillando de rabia. —¡Te estás pasando, Nathalie! ¡Eres una desagradecida! —¿Desagradecida? —mi voz se elevó, temblando—. ¡Lo di todo por ustedes! ¡Todo! Mi cuerpo, mi tiempo, mi dignidad... y tú lo tomaste como si fuera tu derecho. Fue entonces cuando lo hizo. Su mano voló antes de que pudiera reaccionar. El golpe sonó seco, duro, como una puerta que se cierra con furia. Me ardió la mejilla y un sabor metálico me llenó la boca. La miré. No con miedo, sino con una calma extraña, de esas que nacen justo antes de romperte del todo. «Nada merece tus lágrimas… —A veces debemos ser duros e insensibles para sobrevivir en este mundo. —¿Por eso eres así? Tus ojos reflejan la frialdad que llevas dentro. —Debía serlo, no quería ser débil, así que decidí serlo… —¿Frío pero fuerte? —No muestres tus debilidades y si lo haces, levanta la cara y demuestra que aunque no lo parezca, no eres débil. Toma tus riendas, decide por ti. Solo importas tú, pequeña.» Las palabras de Max inundaron mi mente. Las últimas noches habíamos hablado tanto, y lo único que entendía de todo eso era que algo lo había obligado a ser quien era. —¿Por qué no me quieres, mamá? —pregunté en voz baja, mirándola fijamente sin darle importancia al ardor de mi mejilla. Ella parpadeó, confundida, como si no esperara que me mantuviera firme. —¿De qué hablas, niña? Vete a hacer tus cosas y déjame en paz. —No lo haré hasta que respondas. —Eres una chiquilla malcriada, déjame en paz, ¿no escuchaste? —Ya no soy una niña —dije con voz baja, firme— No te voy a obedecer, ya lo hice demasiado. Ya soy la mujer a la que has usado, pero eso se terminó. —¡Cállate! —gritó, temblando de furia. —¡No me voy a callar! Estoy harta de todo. Estoy harta de ti —la señalé, temblando. —No me interesa lo que pienses. —Pero quiero que lo escuches —respondí, apartando su mano cuando intentó tocarme— Te quedaste con mi dinero. Ese que gano en un lugar sucio, ese que tanto te avergüenza, pero que nunca rechazaste. Me orillaste a ir más allá, dejaste que me destruyera solo porque era útil para ti y para Natasha. —Nathalie… —Merezco saber por qué me odias, mamá. Solo dilo. —¡Nath! ¿Qué sucede? —la voz de Natasha irrumpió desde el pasillo. —Hija, ve a descansar, no estás del todo bien —mamá corrió hacia ella, preocupada, como siempre. El dolor en mi pecho era insoportable, pero lo aguanté. —¿Sabes qué es lo peor? —susurré viendo cómo la tocaba con ternura—. Que no siento culpa por haber trabajado ahí… pero sí por seguir aquí. Por seguir creyendo que si era buena hija, algún día me mirarías con orgullo. Mi madre suspiró, cansada, esa clase de suspiro que usa cuando ya no quiere seguir discutiendo. —Eres muy dramática, Nathalie. Haces todo más grande de lo que es. Guarda silencio, tu hermana debe descansar. —¿Más grande? —di un paso hacia ella—. ¿Robar mi dinero y usarlo para Natasha y tus propios caprichos te parece poco? —Joder, Nathalie, sal de mi vista. —¡Me odias, mamá! Dilo. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué no me quieres como a ella? Su rostro cambió, la rabia le deformó la voz cuando gritó. —¡Porque me recuerdas mucho a mí! —sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas— Porque me veo en ti y odio recordar lo estúpida que fui cuando tenía tu edad. Porque eres tan tonta como yo… y sobre todo porque eres hija de un hombre que nunca amé. Me faltaba el aire. Las lágrimas me nublaron la vista, pero las limpié con rabia. —Natasha y tú son medias hermanas —continuó— y odio que entre las dos seas tú quien más se parezca a mí. —No tengo la culpa de lo que fue tu vida antes, no te pedí nacer —susurré, con la voz temblorosa—. Solo quise un poco de cariño, se suponía que debías amarme, protegerme… como lo haces con ella. —Entre tú y ella no hay punto de comparación. El estúpido de tu padre debió haberte llevado con él. Tragué saliva, intentando mantenerme firme. —Si el hecho de que esté aquí te molesta, no te preocupes. En este momento tomo mis cosas y me largo. —Nath… no puedes irte —susurró Natasha, insegura. —Déjala que se vaya —dijo mamá, restandole importancia— Ya volverá. —No voy a regresar —declaré, con voz quebrada— Te tocará arreglártelas sin mí. No verás ni un solo euro más de mi parte. Cerré la puerta de mi habitación con llave antes de que pudiera seguir gritándome. Las lágrimas bañaron mi rostro mientras recogía mis prendas. Un dolor suave se instaló en mi vientre y me senté en la cama, sosteniendo mi abdomen. —Maldita vida… —susurré—. ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado para mí? Golpearon la puerta. —Nath… abre, yo… —la voz de Natasha era un susurro. —Ve a descansar, Natasha. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión. Silencio. Por primera vez en mi vida, el silencio dolió menos que quedarme. Respiré hondo intentando tranquilizarme. "No llores Nath, no llores". Cuando estuve más tranquila terminé de recoger mi ropa y luego moví una de las cajas cerca de mi cama, removi el pedazo de madera del piso, ahí en un hueco estaba el dinero que Max había pagado por mi. Afortunadamente lo guarde en un lugar diferente a mis ahorros, este dinero me servirá para empezar. Lo guarde en mi bolso por partes, algunos billetes en algunos bolsillos de mis prendas, no podía arriesgarme a llevarlo todo junto, si lo perdía solo sería una parte. Antes de salir observé mi habitación una última vez, estuve aquí durante muchos años, soporte lo que pude, pero debo pensar en mi primero. Salí de la habitación dispuesta a dejar todo atrás, pero Natasha me esperaba afuera. —¿En verdad te irás? —preguntó. —¿no es obvio? Me cansé Natasha, he sido tu salvación y la de mamá desde hace años, nunca me ha preguntado si estoy bien, solo le importa el dinero que le doy —dije sintiendo un nudo en la garganta. —Lamento todo lo que dijo. Me alegra que quieras irte, pero estarás sola allá afuera y... —He estado sola desde siempre, no he tenido a nadie —repliqué. —Me has tenido a mi... —No mientas Natasha, tu vida ha sido, salidas con tus amigos, preocuparte por ti y lo hermosa que te vez. Si hablábamos, pero no era importante en tu vida, no como tu lo has sido para mi... —Mamá tiene razón, siempre me envidiaste. Solté una risa amarga. —Te equivocas, lo único que envidié de ti fue la atención que mi madre te daba, no me importa ya nada de lo que ella diga. —Perdón Nath, perdón por haber arruinado tu vida —dijo tomando mi mano entre las suyas. —Solo espero que sepas valorarlo —dije sonriendo con suavidad. —Te quiero Nath, cuídate y llámame ¿si? —pidió con una mirada triste. Por un segundo estuve tentada a confesarle aquello que aún no había contado a nadie, pero no lo hice, algo me detuvo. —Cuídate Naty, tu llámame si me necesitas —la abracé y me despedí saliendo de aquella casa deseando no regresar más. No lo haría, eso esperaba. ... Esa tarde fui a un hotel, no tenía a donde más ir y tenía que pensar que era lo que iba a hacer ahora. Seguir bailando en el club podría ser peligroso, pero no podía dejar de ver a Max. Tampoco podía decirle aquello que me estaba guardando. Quería ver a Max y que me abrazara, pero no tenia ánimos para moverme, así que me quedé encerrada en esa habitación de hotel y le envié un mensaje a Alicia diciéndole que estaba indispuesta, luego apagué mi móvil solo para no escuchar sus reclamos. Esa noche descanse poco, recordaba las palabras de mamá, no me habían dolido, quizás porque ya estaba acostumbrada al dolor. Ni ella, ni papá me habían querido nunca. Papá no quería ni a Natasha y ahora entiendo porqué. Parecerme a mi madre quizás era mi peor castigo, físicamente me parecía mucho a ella, los mismos ojos, el cabello rubio, la piel blanca, aunque papá es más blanco, papá es muy guapo y también tiene unos ojos hermosos, ojalá y hubiera salido más parecida a él, pero creo que parecerme a mamá también es un castigo de la vida. Natasha también se parecía mucho a mamá, aunque ella era un poco más alta que yo, sus ojos eran verdes, de un tono más encendido qué los míos, su piel blanca aunque no tanto como yo. Creo que mi palidez se debía a la falta de nutrientes. Hoy debía comer mucho mejor. A la mañana siguiente fui a una cafetería cercana para desayunar. Creo que debo buscar un departamento, no sé cuanto costara la renta, pero no puedo gastar mi dinero en un hotel. No me presente ese día a la universidad, necesitaba un poco de descanso, pero si debía ir esa noche al club. Debo pensar en mi y que haré con mi vida ahora que se que no estoy completamente sola, ni siquiera me he tomado el tiempo suficiente para pensar en eso. No se si estoy feliz, asustada o triste. Quisiera tener con quien compartir eso. Debería llamar a Kyra, pero no quiero molestarla con mis problemas. ... El club estaba lleno esa noche, llegue muy temprano, me arregle como siempre, miraba mis tacones una y otra vez sin saber si era buena idea ponérmelos o sería riesgoso, es parte de mí trabajo así que debía usarlos. Creo que debo dejar el club, aunque eso signifique no ver a Max, pero no puedo seguir bailando así y dentro de poco muchos lo notarán. No le serviré más a Alicia. —En cinco minutos sales, ya que eres la primera en estar lista —me informa Alicia. —Bien... —fue lo único que dije. Suspiré sintiendo una presión en el pecho y un dolor apenas perceptible en el vientre. Los cinco minutos pasaron, tome fuerzas para bailar cargando mi tristeza. Busque a Max entre los clientes, estaba al fondo como siempre, pero no estaba solo, nuevamente tenía una bailarina en su regazo, hacia tiempo que no lo veía con una, no desde la vez que lo provoque con el baile y terminamos en el privado. Pero esta vez fue diferente. Mi pecho se contrae. Me trago el dolor. Solo observo. Ella ríe, él no. Ella lo toca, y él no reacciona. Pero aun así, se levanta con ella. Y en ese instante, algo se quiebra en mi. Mi cuerpo tiembla, pero no por celos. Es otra cosa. Algo que duele más profundo. Intento seguir bailando, pero siento que perdí mi ritmo. Alicia me observa molesta, así que me obligó a terminar con el baile. No sabía que entre estas luces y este lugar oscuro pudiera nacer un sentimiento tan intenso. Pero quizás nunca valió la pena amarlo. Quizás solo quise aferrarme a algo que por un instante me hizo sentir viva… algo que me hizo creer que también merecía ser mirada con deseo, con respeto, con ese fuego que él tenía cuando me llamaba "Pequeña". Aunque no lo dijera sentí que me quería, que le importaba, pero ahora veo que no. ¿Es así como acaba esto Max?.
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