Capítulo5

1025 Palabras
Esteban Surco me esperaba serio y con el rostro ajado en su oficina. Llegué puntual a la cita y la auxiliar me hizo pasar. -El director la aguarda-, me dijo. Fui por el patio y me encantó ese ambiente de cuchicheos, algunas risotadas y la voz estentórea de los profesores dictando sus clases. Es lo que me gusta, en realidad. Adoro las horas de clases y que los alumnos estén atentos, pendientes de los cursos, de los dictados, la música del plumón rayando el acrílico, ese silencio solemne, el ambiente pulcro y cauto, de cuadernos abriéndose, de lapiceros rayando. En fin, es para lo que me preparé toda la vida. Colé mi mirada en de los salones. Un profesor alto, guapo, con camisa clara estaba en plena clases de anatomía y el alumnado escuchaba atento sus explicaciones de la importancia de los músculos y me imaginé estar allí, en medio del aula, diciéndole a mis chicos que el cuerpo humano tiene entre entre 650 y 840 músculos tanto voluntarios como involuntarios y que es más fácil reír que molestarse. Junté los dientes y alcé mi naricita. Yo tengo mi clase con alumnos muy aplicados, interesados en aprender y estaba convencida, además, que lo estaba haciendo muy bien, recordé y eso me hizo sentir súper satisfecha y orgullosa. Surco revisaba su PC cuando me presenté. -Señorita La Torre, qué gusto verla-, fue efusivo conmigo. Cambió el tono de su rostro y estiró una larga sonrisa. -¿De qué desea hablarme, señor director?, espero no sea una queja-, mordí un labio. -No, no, no, por supuesto que no, profesora. El auxiliar Hugo Campos me ha hablado maravillas de usted-, se arremolinó él en su silla. Estaba intrigada. La noche anterior, apenas llegué a mis clases, Campos me dijo que Esteban Surco quería hablar conmigo. -Lo vi muy preocupado-, me dijo contagiándome su incertidumbre. -Necesito su aprobación para recibir a un alumno, Nemesio se llama-, me dijo meciéndose en la silla. Alcé mi hombro. -Claro, normal, no hay problema, señor director-, dije despreocupada. -¿No sabe quién es?-, me miró seriamente. Escarbé en mi mente y la verdad que no lo conocía. -¿Debería?-, me sobrecogí. -Mató a tres hombres en una riña. Cumplió una condena en presión de 20 años. Salió libre hace un mes y quiere terminar sus estudios. Le faltan tres años de secundaria. El juez autorizó su matrícula en este colegio. De inmediato pensé en usted. Campos me dice que maneja muy bien sus clases-, me detalló. Me mostró su ficha y su foto. -Aseguran que ya pagó su deuda con la sociedad-, insistió él. Quedé perpleja, pálida y boquiabierta. No supe qué decirle. -Es un mandato judicial, no tenemos opción-, me disparó finalmente. Esa noche empezamos con un dictado de ortografía. Había notado que todos escribían mal, con muchas faltas gramaticales. Quería constatar sus errores y programé un percentil. -Bien, chicos, escriban tranquilos, repetiré hasta tres veces la frase-, iba diciendo cuando entró Nemesio. -Buenas noches, profesora-, dijo solemne. Era alto, enorme como un edificio, una espalda grandota y la nariz larga. El pelo corto y sus brazos llevaban cicatrices. Tenía la mirada férrea y los labios eran toscos. También tenía un corte pequeño en la frente, parecido a un relámpago. Eso me pareció. -Chicos, él es Nemesio, estará con nosotros desde hoy, por fis lo ayudan a ponerse al día-, supliqué. No voy a mentir. Me daba miedo. Sus manos eran grandotas como tenazas y no sonreía. Miraba con desconfianza y tenía muchos pelos saliendo de la camisa, como un bosque de vellos. -Estamos en un percentil ortográfico-, le dije alcanzándole una hojita en blanco. Nemesio miró la hoja, la acomodó en la silleta y sacó un estuche n***o que sirve para guardar los lentes. Allí tenía sus lápices y un borrador. Ese pequeño detalle me hizo descubrir su interés que tenía en aprender. No me cabía duda. Su ortografía, sin embargo, fue horrorosa. Falló en todo, incluso en palabras simples como tesoro que escribió con zeta, viernes que los hizo con b labial y zapato con ese. En matemáticas estuvo peor, pero me encantaba verlo sumando con sus toscos dedos. En todas las operaciones usaba los dedos, incluso para multiplicar. -Siempre retén en tu cabeza el número alto y sumas el pequeño, se te hará más fácil-, le recomendaba viéndolo afanoso en sus cuentas. Tenía una memoria prodigiosa, sin embargo. Retenía nombres, fechas y ciudades con prodigiosa exactitud. Recuerdo que en una clase hablamos de las capitales del mundo y cuando hice un repaso, no falló en ninguno. Me asombró. -¿La acompaño?-, me pidió esa noche, cuando terminamos las clases. Yo guardaba mis apuntes y mi tablet en la mochila. -Vivo cerca-, sonreí. -Ah mejor para no hacer tanto ejercicio je je je-, intentó reír pero su risa se atascó en sus labios duros, pétreos, mal esculpidos como costras. -¿Estás trabajando?-, le pregunté curiosa. -Hago trabajos eventuales de gasfitería. Aprendí el oficio en prisión-, me contó. -Ah, allí hay muchos talleres-, intenté ser distendida. -¿Le asusta eso, de que estuve en prisión?-, me miró con esos ojos tan duros, como hechos de yeso. -No-, mentí. -Desde joven estuve metido en problemas, robos, asaltos, integré bandas e hice fama, maté a tres sujetos en un ajuste de cuentas y pasé veinte años en prisión. No me arrepiento. Fue la vida que elegí-, me relató. -Estás a tiempo de cambiar-, le dije sobrecogida. -Este mundo actual demanda muchos conocimientos, preparación, incluso en el trabajo que hago. No sé sumar, dividir, no sé que es metro cuadrado, no entiendo de pulgadas, entonces pierdo clientes y me equivoco. Por eso estoy en sus clases-, me dijo resoluto, convencido de sí mismo. Fue uno de mis mejores alumnos. Se esforzaba siempre en aprender, en saber, me ametrallaba con preguntas y apuntaba todo en su block, hasta el mas mínimo detalle. Pero una noche no vino, tampoco a la siguiente y faltó una semana. Adiviné que hago algo pasaba. Y Campos me lo dijo. -Nemesio está detenido, profesora. Lo acusan de haber participado en un robo-, me detalló.
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