Llegue al apartamento de Aitana y la abracé cuando llegué, ella me mostró emocionada el vestido para ir a la fiesta, era uno gris plata muy elegante, sabía que la intimidaba la elegancia de Dora. No quería quedarse atrás, me dio ternura su comportamiento tan básico, infantil. El vestido era prácticamente una copia del que llevaba Dora el día que anuncié nuestro compromiso en casa de mis padres. Cualquiera pudiera pensar que lo hacía por retar, lo hacía por tonta, por querer lucir como no era ella y parecerse más Dora. Hasta yo pude notarlo. ¡La amo! Es ella, y deberemos ser nosotros contra el mundo. Me acerqué y la abracé por detrás y hundí mi rostro en su cuello, ella reposó sus brazos sobre los míos. —¿Te gustó? ¿El vestido? —preguntó. —¡Quizás no vayamos nena! Quizás ya no sea el

