No tardé en gritar y poner en aviso a Tania, quien corrió al que fue el dormitorio de su hijo. Como un fantasma apareció Marcus no sé de dónde y ella gritaba horrorizada al ver el cadáver de Jorge todavía guindado. Yo me ocupé de hacer parecer la escena más dolorosa para mí, recostándome de la pared más cercana a la puerta y dejarme caer hasta quedar sentada, ocultando la cara en mis rodillas y llorando en silencio. —¡¿Qué esperas?! —le gritó a Marcus que se había quedado como de piedra al llegar a la escena—. ¡Llama una ambulancia! —Ya… no hay nada qué hacer —musitó él dando pasos hacia ella. Tania seguía llorando, guindada del cadáver de su hijo todavía colgante. —¡Ayúdame a bajarlo! —pidió ella con la cara contraída. —No se debe tocar el… cuerpo sin la orden

