Los trabajadores de la hacienda bailan y beben con júbilo alrededor de una gran fogata. Ángel está sentado en una silla de madera y yo estoy en su regazo, observando entretenida el buen ánimo de los chicos. —Eso se ve divertido —expreso con añoranza. Él me mira con una sonrisa pícara y me da un beso corto en el cuello. —¿Quieres bailar? —pregunta sobre mi piel, provocándome cosquillas con su aliento. Asiento con timidez—. Vamos. —Se levanta con cuidado y me sostiene por la cintura—. No soy bueno, te lo advierto. —Somos dos —respondo con una risita nerviosa. Él me gira y se mueve al ritmo de la música alegre, luego me atrae a su cuerpo con gracia y ambos bailamos pegados, con nuestras narices rozándose. —Tu olor es embriagante, pequeña. Me da unas ganas enormes de comerte entera. Sien

