Siento que la garganta se me reseca y un amargor me inunda el paladar. Estoy tan asustada que las palabras no me salen. Miro a Ángel con nerviosismo quien espera una explicación de mi parte, pero su expresión tosca y airada no ayuda mucho a que pueda responderle. —¿No piensas contestar? —Me duele el tono que está usando, es la primera vez que me habla de esa manera. —Yo... —¡Demonios! ¿Por qué no puedo articular una puta frase? —Mi paciencia tiene un límite, Layla. ¿Cómo te atreves a tocar mis pertenencias? ¡¿Con qué derecho?! —No... —Lloro. ¿Por qué me trata tan feo? ¿Acaso no ha notado que fue un accidente? —¡Dame eso! —Se agacha a mi nivel y me arranca los zapatitos de la mano—. ¡Sal de mi habitación! —Ángel, espera... —¡¡Qué salgas!! —Sus ojos están inyectados de rojo y el rostr

