—Estás hermosa —dice mientras me mira con una intensidad que me incomoda. —Esteban, sabes que no puedes acercarte a mí. Si me disculpas... —Me giro para irme lejos de él, pero este me sostiene por el brazo. —Espera, Layla. —Su mirada se torna triste. —Déjame ir o empiezo a gritar. Tengo una orden de alejamiento; sabes que debes estar a setenta metros de distancia. Eres tú quien debería irse de aquí, pero te evitaré el inconveniente y me iré yo. —No me trates como si fuera un maldito delincuente. No puedo creer el descaro de este hombre. —¿Cómo se supone que debo tratar al desgraciado que me golpeó y trató de violarme? Deberías estar en la cárcel. —Lucho contra las lágrimas porque no quiero llamar la atención de nadie aquí. —No seas injusta. Cometí un error, sí. Estaba desesperado y

