Pelea silenciosa

1406 Palabras
LIAM El día había comenzado igual que todos: con café n***o, una bandeja de entrada llena de basura digital, y mi paciencia sostenida por el último hilo que me quedaba desde que decidí no lanzar a mis programadores por la ventana. Me detuve en los primeros correos. Ahí estaban, uno tras otro, los valientes de siempre. Algunos con disculpas escritas en un inglés tan torpe que pensé en corregirlos con rojo como si fuera su maestro de primaria. Otros, con justificaciones que olían a manipulación barata. Y uno en particular, el más descarado, escribió que “el ambiente tóxico en la oficina estaba afectando su productividad”. Ese me arrancó una risa seca. Si la mediocridad tuviera voz, sería esa frase. Pensé en responderle con algo directo, algo muy de mi estilo. Tipo: “tu código afecta mi salud mental, pero aquí seguimos los dos, ¿no?” Pero me contuve. No porque fuera maduro. Sino porque ya había alguien en la ecuación que me estaba obligando a jugar con reglas… ajenas. Pasé al siguiente correo. Y entonces lo vi. De: Saanvi Devi Asunto: Procedimiento de despido técnico – Recomendaciones y estructura legal No necesitaba abrirlo para saber que venía con cátedra incluida. Lo abrí igual. No por respeto. Por puro morbo. El archivo adjunto tenía catorce páginas. Catorce. Catorce malditas páginas de legalidad condensada, escritas con la precisión de alguien que no sólo sabe lo que hace, sino que además quiere dejarte claro que sabe más que tú. Estaba dividido en secciones: Evaluación individual, lineamientos para terminación de contrato, documentación previa, notificaciones formales, respaldo digital, y una parte final llamada: "Cómo no dejar cabos sueltos (ni ventanas legales abiertas)". No supe si reír, aplaudir… o sentirme insultado con elegancia. Pero lo leí. Todo. Línea por línea. Buscando un error, una inconsistencia, algo que me diera el mínimo pretexto para responderle con mi sarcasmo habitual. Pero no. No encontré nada. Cada argumento era impecable. Cada paso estaba justificado. Era como si me hubiera leído la mente, supiera qué atajos iba a tomar… y me los cerrara con anticipación. Al final del documento, fuera del formato, había una línea. Una sola. "Hacerlo bien no es una sugerencia. Es tu única defensa." No tenía firma. Pero no hacía falta. Ese tono, esa forma de hablar entre líneas, era más suyo que su apellido. La imaginé escribiéndolo con la mandíbula apretada, recordando mi tono en la junta, mi cara de "no necesito que me digan qué hacer", y su necesidad profesional de dejar claro que ella no estaba aquí para obedecerme. Apoyé el codo sobre el escritorio, me pasé la mano por el rostro y respiré profundo. No porque el documento me abrumara. Sino porque ella me abrumaba. Su exactitud, su temple, su maldita manera de enfrentarse a mí sin miedo. Abrí la ventana de respuesta y, por impulso, empecé a escribir algo muy mío: Recibido. Muy completo. ¿Debería enviarte una medalla o solo una botella de whisky? – L.A. Lo leí. Sonaba gracioso. Iba a picarla. A ver si me respondía con otro de esos comentarios suyos tan llenos de elegancia contenida. Pero lo borré. No por madurez. Por estrategia. Probé con algo más neutral: Gracias por la estructura. A partir de hoy comenzaremos el proceso como indicas. – Liam También lo borré. No quería sonar formal. No quería sonar complaciente. Ni bromista. Ni nada. Entonces me rendí a la única opción posible. Leído. Implementaremos los puntos. Si algo cambia, te informo. Sin firma. Sin nombre. Sin juego. Presioné enviar. Y cerré la laptop con un golpe seco, como si eso pudiera callar su voz en mi cabeza. Me levanté, caminé por la oficina, y me acerqué a la ventana. El tráfico de la ciudad bullía abajo. Gente corriendo hacia destinos que probablemente odiaban. Yo también. Porque, aunque no lo dijera en voz alta, trabajar con Saanvi no era cómodo. Era… incómodo en un nivel que iba más allá de lo profesional. No por lo que pasó. No por esa noche. Sino por lo que ella representa: Alguien que no me teme. Alguien que no me necesita. Y peor aún… alguien que no me admira. No sé por qué eso me jodía tanto. Minutos después, como si el universo supiera que no me gusta el silencio, su respuesta llegó. Eficiente. Fría. Directa. Perfecto. Mantén registro digital de todos los intercambios con el personal. Si alguno responde agresivamente, redirígelo a mí. Y no les digas que están despedidos hasta que terminen las notificaciones formales. Ni un saludo. Ni una línea humana. Ni un espacio para el juego. Cerré el correo y me quedé viendo la pantalla. Su firma: – S.D. Tan limpia. Tan contenida. Tan ella. Como si me recordara que esta vez no tenía el control. Que ella también sabía jugar. Y que, para su mala suerte… yo amo los juegos complicados. SAANVI Sabía que vendría. Desde el momento en que vi la expresión del señor Collins tras la junta con BengalSoft, su incomodidad al ver cómo Liam y yo intercambiábamos miradas frías disfrazadas de cortesía… lo supe. Me va a llamar a su oficina. Y así fue. La notificación apareció al mediodía en mi correo interno, sin rodeos: “Collins. Oficina. 12:30 p.m. – Puntual.” No puso el motivo. No hacía falta. El señor Collins era el tipo de jefe que detecta los cambios en el ambiente antes de que alguien siquiera los mencione. Había trabajado para bufetes más grandes, más prestigiosos, pero aquí en esta firma media de la ciudad, era el referente. Serio, correcto, pero no ingenuo. Y si algo no le gustaba, lo aclaraba en privado. Toqué la puerta. Escuché su "adelante" y entré con paso firme. No tenía nada que esconder. —Saanvi —dijo, señalando la silla frente a su escritorio—. Toma asiento. Lo hice. Mantuve la espalda recta, las manos sobre las piernas, la barbilla en alto. Mi postura decía lo que mi boca aún no había dicho: no me vas a desestabilizar. —Buena intervención en la junta de hoy. Has hecho una gran lectura del caso y el plan de despidos es sólido. Asentí con educación. —Gracias. BengalSoft es una empresa con una estructura compleja, pero manejable. Están desorganizados, sí. Pero no son imposibles. Él se apoyó en su silla. Su tono cambió. —Y esa es la razón por la que quiero hablar contigo… sobre tu relación profesional con Liam Ashford. Una pausa. No hubo incomodidad en mí. Solo la certeza de que este momento llegaría. —¿Qué hay con él? —pregunté con calma. —Me comentaron que ya se conocían desde antes. Que trabajaron juntos en otro caso. No tengo ningún problema con ello, pero quiero asegurarme de que no haya conflictos. Esta cuenta será importante. No quiero sorpresas. Inspiré con suavidad. Elegí mis palabras con precisión. —Sí, trabajamos juntos en el caso James Harrington. Fue una colaboración intensa, y salimos victoriosos. Más allá de eso, no hay relación alguna. No hay conflictos. No hay familiaridad. Solo respeto profesional, aunque con fricción ocasional. Y si la hay, no es por historia personal… sino porque ambos tenemos formas distintas de ver el mundo. Él me observó unos segundos. Tal vez buscando debilidad. O algo más. No lo encontró. —¿Y esa fricción afectará tu desempeño? Negué. —No, señor. Estoy aquí para crecer. No he dejado mi país, mi familia ni mis creencias para retirarme ante un reto. Esta cuenta me interesa. No porque involucre a Liam Ashford, sino porque me permite demostrar de qué estoy hecha. Puedo trabajar con él, con su equipo y con quien sea necesario. No me dejo intimidar por hombres ricos con ego inflamado. Me enfoco. Ejecuto. Y cumplo. Collins se quedó en silencio un momento. Luego asintió. —Bien. Eso era todo. Puedes volver a tus actividades. Me levanté. Pero antes de salir, me giré una última vez. —Y señor… —¿Sí? —Gracias por preguntar directamente. No todos lo hacen. Y no todos esperan una respuesta firme de una mujer joven. Se lo agradezco. Él sonrió apenas. Asintió. —Tu lugar te lo has ganado tú sola. No lo olvides. Salí de la oficina con paso firme. La decisión estaba tomada. No iba a huir. No por un apellido. No por una sombra del pasado. Y mucho menos por un hombre como Liam Ashford.
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