No se puede pedir mas

2305 Palabras

LIAM Regresamos a mi departamento cuando la noche ya estaba cayendo. El aire era fresco, la ciudad con ese murmullo suave que invita a quedarse afuera, pero yo solo quería quedarme con ella dentro. Caminamos en silencio los últimos metros, no un silencio incómodo, sino de esos en los que sabes que las palabras sobran porque la compañía ya lo dice todo. Le abro la puerta, y en cuanto entra, me golpea esa sensación de rutina peligrosa: verla ahí, quitarse los zapatos con naturalidad, como si lo hubiera hecho un millón de veces. Y me encanta. Me aterra lo mucho que me encanta. —¿Te divertiste? —pregunto, mientras cierro la puerta. —Mucho —dice, y sonríe con esa luz que me desarma—. Aunque todavía me debes ese helado de “atrocidad”. —Ya planeo sobornarte con uno peor mañana —le respondo,

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