LIAM Estaba demasiado cerca. Ella, con ese maldito shortcito y la camiseta suelta, oliendo a casa, a trabajo, a fuego. A todo lo que me enciende y me destruye al mismo tiempo. Y aunque su boca acababa de escupirme todo lo que piensa de mí —que soy un gigoló, que soy un patán, que no tengo respeto por nada—, yo no podía mirar otra cosa que sus labios. Sus labios que se movían con rabia. Con fuerza. Con una pasión que solo ella sabe usar como arma. Y no aguanté. La besé. Sin permiso, sin previo aviso. Como un idiota desesperado. Como si besarla fuera una maldita necesidad física, como respirar, como gritar. Ella se quedó quieta un segundo, congelada… pero luego me respondió. Con hambre. Con una fuerza que me hizo apretarla más. Mis manos se enterraron en su cintura, su cabello, su c

