El campo de batalla

2114 Palabras
LIAM A veces me gusta terminar el día con una mujer que no sé cómo se llama. Esta noche fue una de esas. La conocí en un bar en el centro, cerca del distrito financiero. Vestido rojo, piernas largas, sonrisa entrenada. Me bastaron tres frases para saber que buscaba exactamente lo mismo que yo: distracción. Carne. Validación momentánea. Terminamos en el hotel más cercano. Rápido, sin promesas, sin apellidos. Gemidos, uñas, sudor, gemidos más altos. Un polvo decente. Cuando se quedó dormida, me vestí sin hacer ruido, saqué una de mis tarjetas pequeñas del portadocumentos y escribí con mi pluma favorita: “Gracias.” Sin nombre. Sin floritura. La dejé sobre la mesita junto a su bolso y salí. Porque yo no duermo con nadie. Jamás. Cuando llego a casa —mi santuario— me quito los zapatos en la entrada y camino por el mármol frío como si nada hubiese pasado. Esta casa, más una mansión que un hogar, fue herencia directa de mi abuela materna. Todo tiene su lugar. El silencio pesa delicioso. El aire huele a madera y orden. Enciendo un par de luces, lo suficiente para ver mi copa de vino esperándome sobre la barra. La ensalada está servida, perfectamente alineada, justo como le pedí a Clara, la mujer que me ayuda a mantener este lugar impecable. No es mi empleada. Es la guardiana de mi templo, y la única que sabe cómo me gusta todo. Me siento, reviso mis mensajes. Siete sin leer. Tres de mi padre. Dos de mis hermanos. Uno de un número desconocido, que ya sé que es de una de esas mujeres que creen que soy "diferente". Y otro de Matt, con una foto de Damian programando algo llamado "Rafa 2.0" con cables en la boca. Abro los mensajes familiares. "No olvides la cena de beneficencia la siguiente semana, Liam. No llegues tarde esta vez." "Recuerda que es importante para la imagen de la familia. Y por favor, sin tu amigo robot." Me río. En voz baja. “Amigo robot.” Así le dice mi padre a Matt. Porque no lo entiende. Porque Matt no le lame las botas, ni se ríe de sus chistes políticos, ni se presta a su teatro. La última vez que fuimos a una de esas galas, Matt estuvo brillante. Las mujeres lo rodeaban por su rostro afilado, sus trajes bien cortados y ese aire misterioso. Él, como siempre, seco, directo, brutalmente honesto. Una le preguntó si era soltero y Matt solo respondió: “Complicado.” Otra le ofreció su número y él contestó: “No uso celular para eso.” Imborrable. Sigo con mi copa. Vino tinto francés, añejo, nada del montón. El cristal suena suave entre mis dedos. Miro la chimenea encendida y suspiro. Estoy bien. Estoy en paz. Hasta que escucho la puerta del garaje. Blake. Mi hermano favorito para odiar. —¿Ya estás encerrado en tu cueva de control otra vez? —dice mientras entra como si fuera su casa. Siempre hace eso. Ni saluda. —Buenas noches, Blake —respondo, sin molestia, pero sin calidez. —Tienes que dejar de vivir para ese nerd antisocial. Eres un Ashford. Tienes una carrera esperándote. —Tengo una empresa multimillonaria. Y soy feliz. No necesito más. —Sí, sí, claro... BengalSoft y todo eso. Pero la política es el futuro. No puedes vivir programando toda tu vida. La familia necesita un rostro joven. Carismático. —Entonces ve tú —dije con una sonrisa ladeada—. Eres bueno sonriendo para las fotos. Blake ignora el sarcasmo. Se sirve una copa sin pedir permiso. —Van los Patel al evento. Están esperando donaciones grandes. Se habla de que tú y yo podríamos hacer una aportación conjunta. Algo elegante. Unos veinte millones. —Ajá. —No hagas tus cosas raras, Liam. No lleves a Matt. No hables de inteligencia artificial. No insultes a ningún senador. —No prometo nada. —Sé serio. —Lo soy. Cuando tú dejes de joderme, yo dejaré de hacer quedar mal al apellido. Blake se queda en silencio. Choca su copa con la mía sin ganas y se sirve otra. Yo, por mi parte, termino mi ensalada, tomo una pastilla para dormir y espero que se largue pronto. La noche está en su punto exacto de tranquilidad. Y no pienso dejar que me la arruine nadie. Ni siquiera mi sangre. Desperté antes que el sol, como de costumbre. Corrí mis cinco kilómetros diarios, sudando toxinas y pensamientos. Luego un poco de entrenamiento funcional —pesas, flexiones, planchas interminables— no por vanidad, sino por eficiencia: entre más fuerte soy, más resisto... en todos los sentidos. Incluso en la cama. Después de la ducha larga y fría, bajé a desayunar. Clara ya tenía la mesa puesta. Huevos pochados, pan artesanal, aguacate y café n***o. Siempre perfecto. Clara era más que alguien que mantenía mi casa en orden; era el único ser humano con el que podía compartir silencios sin sentir incomodidad. —Buenos días, señor Liam —me dijo como cada mañana. —Liam. Ya sabes que no necesito títulos antes del café —le respondí mientras me sentaba. Clara rió con ese tono cálido que solo la gente que ha vivido demasiado puede tener. —De todos los Ashford, eres el único que aún parece tener alma. —No digas eso muy fuerte, podrías destruir mi reputación. Después del desayuno, tomé las llaves del coche y salí rumbo a la empresa. Todo iba bien, hasta que crucé la puerta del edificio y vi al equipo técnico... holgazaneando. Riendo, comiendo en la zona de trabajo donde había circuitos abiertos, pantallas, placas sin soldar. Inaceptable. Una de las chicas del área de producción, Estefanía —menuda, inteligente, siempre con las uñas pintadas de azul— se acercó a mí con cautela. —Señor Ashford... quería decirle algo. Es que los chicos del área técnica han estado convenciendo a algunos del equipo de producción de que no se esfuercen tanto. Que total, "todo lo que hacemos pasa por control y nadie nota la diferencia". La sangre me hervía. —Gracias por avisarme, Estefanía. Has hecho bien. Subí a mi oficina, encendí la computadora y redacté un correo breve pero claro dirigido a Matt, Saanvi y Lorena. Les pedí que nos reuniéramos a media mañana. Todos respondieron afirmativamente. Antes de que llegara la hora, volví al área técnica. Esta vez no solo holgazaneaban, estaban almorzando ahí mismo, sobre las estaciones de trabajo. Migas en las tarjetas madre. Refresco derramado cerca de un ventilador abierto. —¿Están jodidamente locos? —fue lo primero que dije al entrar. Todos me miraron. Algunos con sorpresa, otros con arrogancia. Estaban tan acostumbrados a mi tolerancia, que olvidaron de lo que era capaz cuando me hartaba. Y hoy, definitivamente, me estaba hartando. SAANVI Desperté sola. Como siempre. El lado derecho de la cama estaba intacto, frío. Me estiré con lentitud, los músculos de mis piernas y caderas me recordaron con cierto ardor la noche que había tenido. Anil se había ido, como siempre. Y eso me gustaba. No por él, sino por mí. Desde William Evans, no había dejado que ningún hombre se quedara a dormir. El sexo estaba bien. El cariño después... no. La noche había sido intensa, como cada vez que Anil y yo nos encontrábamos. Nos conocíamos lo suficiente para ser sinceros, pero no lo suficiente para hacernos daño. O al menos eso quería creer. Y justo después del sexo, con la respiración aún descompuesta, me suelta esa frase: —¿Vendrías conmigo a la gala de beneficencia la próxima semana? Me tensé. Lo miré en silencio. Anil era guapo, encantador, una bestia en la cama. Pero yo no quería compromisos disfrazados de invitaciones educadas. —No quiero que esto se confunda con una obligación, Anil. —No seas paranoica, Saanvi. Es solo por no ir con alguna mujer aburrida que mi padre me escoja. Te prometo no ponerte un anillo en medio del evento —rió mientras se ponía los pantalones. Yo no reí. Pero acepté. Porque a veces, la conveniencia gana batallas que el corazón no quiere pelear. Después de una ducha rápida y un café amargo, salí al trabajo. Llevaba una blusa blanca sin mangas y pantalones de vestir. El cabello recogido en un chongo apretado. Había dormido mal, y me sentía agotada. En cuanto llegué al despacho, la bandeja de entrada me arrojó un mensaje con el remitente Liam Ashford. Solo leer su nombre me hizo rodar los ojos. ¿Cómo alguien tan impulsivo, tan grosero, tan… hombre, podía ser copropietario de la empresa tecnológica más poderosa del continente? "Reunión a media mañana. Tema urgente: desempeño del equipo técnico", decía el mensaje. Claro, directo, sin cortesía. Tan típico de él. —"Idiota eficiente" —murmuré para mí mientras respondía que asistiría. Aunque me costaba admitirlo, necesitaba a esos clientes satisfechos. Y esa cuenta podía ser el empujón que me diera el ascenso que había estado buscando. Antes de salir hacia la sala de juntas, pasé por la cafetería del edificio. Pedí cuatro cafés: dos americanos, un capuchino sin azúcar para Matt (sí, me había aprendido su pedido) y un latte especiado con leche de avena para mí. Si iba a sentarme a escuchar a Liam gritar o gruñir, al menos lo haría con cafeína en la sangre. Llegué antes que todos. Dejé los cafés en la mesa. El mío lo puse frente al asiento habitual. Me crucé de brazos. Respiré hondo. Me preparé mentalmente para lidiar con Ashford. Solo esperaba que no me hablara con ese tono condescendiente de siempre. Porque si lo hacía, juro que le lanzaba el café a la cara. Estaba sentada sola en la sala de reuniones. El aire acondicionado era más frío de lo habitual, pero no tanto como para incomodarme. Puse los cuatro cafés sobre la mesa. Me crucé de piernas y eché un vistazo a mi celular. Respuestas de mi madre, un sticker de mi amiga Georgia, y cómo no... otros dos mensajes de mis hermanos mandándome videos de Anil repartiendo comida en un templo. Me limité a suspirar. Escuché la puerta abrirse. No hizo falta mirar. Ese paso seguro, relajado, casi insolente... solo podía pertenecerle a Liam Ashford. —Qué puntual —dije sin alzar la vista, aunque ya lo tenía de reojo. Él no respondió. Caminó hasta la mesa, examinó los cafés como si fueran suyos, y —sin ningún tipo de vergüenza— tomó el mío. Mi latte. —Eso es mío —le dije, incorporándome de inmediato. —Ya lo sé —respondió con una sonrisa ladeada, esa que parece que se la entrenó el mismísimo demonio. Me acerqué a él y extendí la mano. Él levantó el vaso... fuera de mi alcance. —¿En serio? ¿Vas a hacer esto? —pregunté, con la ceja levantada. —Pensé que el café sabía mejor si tenía un poco de... tensión previa —dijo, dándole un sorbo lento. Muy lento. Di un paso más hacia él, dispuesta a arrebatarle el vaso, pero él también se acercó. En un parpadeo, me vi entre su cuerpo y la mesa, y no porque yo lo hubiera permitido. Sus ojos verdes estaban fijos en los míos. Cercanos. Demasiado. —Sabes que no dejo que nadie me robe lo mío —le advertí, bajando la voz. —Y yo no suelo compartir lo que me gusta —replicó él, su tono más grave, cargado de ese maldito descaro que me irritaba… y que me perturbaba, aunque nunca lo admitiría. Hubo un segundo, solo uno, en el que nos quedamos en silencio. Él bajó la vista a mis labios, pero no hizo nada más. No lo necesitaba. Su presencia ya lo decía todo. Era el tipo de hombre que jugaba con fuego porque sabía que no se iba a quemar. —¿Qué pasa, abogada Devi? ¿Miedo a que te guste este juego? —me provocó, devolviéndome el vaso... ya vacío. Lo tomé, lo dejé sobre la mesa con fuerza y le sostuve la mirada. —A diferencia de ti, Ashford, yo no tengo tiempo para juegos infantiles. Él rió. Rió con ese tono bajo, maldito, que hacía eco en mi estómago. —Entonces será divertido ver cuánto aguantas. Justo en ese momento, la puerta volvió a abrirse. Matt entró con una carpeta y una sonrisa neutral. Liam se separó de mí como si nada hubiera pasado. Como si no me hubiera robado el café, el espacio, y un poco del aire. Me acomodé el saco, retomé mi lugar en la mesa, y fingí que no me ardía el orgullo. Pero lo hacía. Oh, sí. Lo hacía.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR