SAANVI Me quedé abrazada a él un rato más, respirando el olor tibio de su piel mezclado con café y ese leve rastro a whisky que todavía quedaba en su aliento. Cuando me separé, lo hice despacio, con cuidado, como si no quisiera romper algo que recién estábamos empezando a reparar. Me volví a sentar frente a él, pero esta vez no vi la mesa desordenada ni los platos con migas. Vi otra cosa. El despacho. Me lo imaginé con paredes claras, una sala amplia con estanterías llenas de libros bien usados, no de adorno. Una mesa de juntas en madera, pero sin esa frialdad corporativa que siempre me asfixió en las firmas grandes. Plantas en las esquinas, no para aparentar, sino porque me recuerdan que la vida puede crecer incluso entre documentos y demandas. Y yo, en un escritorio más pequeño, con

