CAPÍTULO TRECE Él vigilaba y se movía lentamente, teniendo cuidado para no ser visto. Dejó su refugio y se escondió entre la gente en la parada del autobús, ocultándose a plena vista. El doctor aún le debía serpientes de sangre y las iba a conseguir. ¡Y sí que las iba a conseguir! No podía esperar mucho más. El doctor pronto terminaría su turno. Ese era el mejor momento para a****r, claro que sí. Lo seguiría en su refugio hasta su casa y actuaría cuando él estuviera solo, conseguiría las serpientes, los sesos, lo haría pagar. El doctor salió del edificio, y apenas pudo contener su baile de felicidad, su sonrisa de felicidad. Ahora comenzaba a caminar rápidamente con la capucha puesta para protegerlo de la lluvia, de la bendita lluvia. Cuando llegó a su refugio, abrió la puerta, se meti

